Soy consciente de que aún tengo los ojos cerrados, pero la mañana quiere colarse por los párpados. Los levanto despacio con la atención puesta en la suave tela burdeos de la almohada. Mi mano se acerca al punto exacto al que miro y los dedos la rozan. Un leve suspiro silencioso se me escapa por la nariz y pellizco la tela, pero no me dice nada, sólo vuelve a su sitio con una pequeña arruga.
Levanto la vista y miro al horizonte por el ventanal. La luz está ganando la batalla a las sombras y las montañas están cobrando color. Apoyo las manos en el colchón para poder enderezarme. Bajo los pies despacio hasta el suelo de la habitación.
—Tengo que cambiar estas sábanas.
Me levanto apoyando el peso sobre el pie izquierdo. Es posible que ayer al caerme al suelo me hiciera daño, pero no siento dolor. En la silla, al fondo de la habitación tengo preparada la ropa para salir a correr. Me quito la ropa interior y me visto rápido.
Al bajar al recibidor me acerco a la puerta principal para mirar por los pequeños cristales que decoran el marco. Desde aquí no veo que haya movimiento, así que abro la puerta con sumo cuidado de no hacer demasiado ruido. Activo la alarma del recinto como cada vez que salgo de la finca. Al poner el pie en el camino escucho la grava bajo la suela y comienzo a correr hacia los prados de amapolas. Al acercarme al gallinero veo que no está la furgoneta de «Carpintería Olmedo» y que las gallinas están picoteando el suelo, así que tampoco ha venido. Paso con mayor velocidad hacia el pasillo de eucaliptos con la vista puesta al final del camino.
Durante la ruta de vuelta a la finca, los rayos del sol crean en el camino largas sombras que se cruzan entre los árboles. Mis pasos caen con más peso, mi respiración entrecortada no me permite disfrutar del olor de bienvenida. Al pasar de nuevo por al lado del gallinero las veo rebuscando comida por el suelo. Bajo el ritmo y camino hacia ellas. Al abrir la puerta del cerco se asustan y revolotean por mi alrededor. No le doy importancia, pero con Emilio no se comportan de esta manera. Tras la caseta está la bolsa de pienso proteico. Relleno los cuencos de loza marrón que hay en el suelo que es donde suelen comer. Al dejar la bolsa de pienso en su sitio, me llama la atención que en el interior de la caseta de madera hay huevos. Me acerco y me arrodillo en las rampas que dan a los nidos. Cojo uno y la cáscara rugosa me transmite calidez en las yemas de los dedos. Me giro para ver si están comiendo, pero continúan en la valla esperando el momento que su depredador se mueva. Recojo los huevos frescos y como era de esperar se forma un revuelo en el momento de acercarme a ellas para salir y cerrar la puerta.
Entro en casa y me dirijo hacia la cocina para dejar los huevos en el arcón y que se mantengan frescos. Subo las escaleras para entrar a mi habitación. Al pasar el marco me detengo de golpe mirando a la pared de enfrente. Mi nariz se arruga repetidas veces como esa pequeña ardilla que me encuentro cada mañana en el camino.
—Uff —digo.
Voy directo al ventanal para abrir las puertas y ventilar la habitación. La brisa primaveral entra de golpe y su roce me eriza la piel. Me quito las deportivas junto al ventanal y las dejo en el alféizar. Así no empeoro más el ambiente.
Descalzo y con pasos lentos camino hacia el baño. Mis pies agradecen el contacto frío del suelo y dejan de presionarme. Al llegar frente al espejo me desvisto y meto la ropa en la cesta a presión. Me quedo allí mirando la montaña de ropa, como si fuera a desaparecer por sí sola. Al verme reflejado en el espejo me doy cuenta de que tengo los párpados muy hinchados y los ojos con pequeñas venas marcadas que invaden el blanco, dándoles un tono rosáceo.
Programo la temperatura idónea del agua y comienza a caerme cálida sobre la piel sucia y sudada. Me retiro de la cascada para enjabonarme el cuerpo con decisión. Al dejar que el agua se lleve el jabón, corto la lluvia que cae sobre mí. Me echo encima el albornoz y mientras una de las manos repasa el cuerpo para que la prenda absorba lo que mi piel no quiere, acerco la otra a la mampara como es habitual para activar el modo antivaho, pero la detengo antes de llegar al cristal, pues no hay vaho que quitar. Mis ojos repasan la mampara como si me faltara algo por hacer.
Vuelvo a mi habitación y al entrar me fijo en la cómoda, el pequeño marco con el retrato de mi madre. Me acerco hasta el mueble para coger el collar de oro y me lo abrocho alrededor del cuello. Mis dedos cogen la pequeña pluma y la aprietan con delicadeza. Abro el primer cajón de la cómoda y me pongo un slip blanco. Los calcetines los dejo encima de la cama que está sin hacer. Al buscar en el interior del armario vestidor me decido por unos pantalones pasados de moda con las rodillas agujereadas. Lo acompaño con una camisa blanca muy ancha, que esconde cada línea de mi cuerpo. En ese momento entra un aroma dulce por la ventana. Un aroma primaveral. Echo la ropa encima de la cama y me acerco desnudo al ventanal. Apoyo el cuerpo en el marco metálico y me quedo aquí, mirando como cambian los colores en el paisaje, mientras saboreo el dulce néctar.
Con la mirada perdida en un punto en el cual no estoy viendo, se me hinchan los pulmones de golpe y suelto el aire con la misma intensidad. Abandono la cálida compañía que me retenía preso en mis pensamientos y bajo los escalones dando pasos rápidos hacia la cocina. Preparo la máquina de café quitando el filtro, llenando agua que tolero por su composición equilibrada. Al coger la bolsa del grano de café se me hunden los dedos en el envoltorio.
—No me jodas —digo.
Sin darle muchas vueltas, dejo todo por encima de la encimera y camino hacia la puerta principal. Al abrir la puerta, la mañana me da la bienvenida con un abrazo frío, pero íntimo. Agacho la cabeza para mirar mi cuerpo desnudo. Muevo los dedos de los pies en una especie de saludo al verlos. Giro la cabeza hacia el espejo de la entrada y no sé en qué momento bajé sólo con los gayumbos puestos. Doy media vuelta hacia la habitación para vestirme con el modelo que tengo preparado esperando encima de la cama.
Ahora sí. De nuevo delante del espejo de la entrada y vestido. Cierro la puerta. Vuelvo a conectar la alarma del recinto y me dirijo hacia el vehículo que tengo aparcado detrás del laboratorio. Al abrir la puerta del pasajero principal me quedo quieto mirando el asiento de piel sintética. Levanto la mirada hacia la pared de hormigón del garaje. Durante unos segundos me quedo mirando ese punto hasta que saco el pie que tenía dentro del vehículo, cierro la puerta y me dirijo a la puerta auxiliar. Entro al laboratorio y los zumbidos vienen a verme. Doy unos pasos hacia el núcleo central, pero me quedo a medio camino.
—¿Fénix? —pregunto.
—Tu sistema neurológico ha estado inestable desde que volviste —responde —. ¿Cómo te encuentras?
Un resoplido fugaz se me escapa por la nariz y el labio crea un pequeño hoyuelo al levantarse.
—Ayer volviste a manipularme sin mi permiso.
—Sí —responde —, aunque tu petición de no intervenir fue clara, el protocolo de preservación del TRH08 actuó saltándose esa orden.
Doy un paso más hacia el núcleo y me quedo mirando cómo el logo de las alas asimétricas brilla en la pantalla.
—Gra… —intento pronunciar —gracias por ayudarme.
Se escucha por los altavoces un zumbido como si Fénix fuera a decir algo, pero no sale ninguna palabra de ahí.
—Fénix, ¿estás ahí?
—Tu agradecimiento ante la violación de la orden establecida de no manipulación ha ocasionado hipótesis erróneas en mis cálculos —responde.
El zumbido de los ventiladores superiores se enfurece.
—La lógica dicta que un cuerpo entrando en un estado de hipoxia es un daño inminente, pero la orden de no intervenir contradice el protocolo —continúa diciendo.
Lo detecto de inmediato y lo detengo.
—Fénix —lo llamo para que preste atención —, la mente humana no es simple lógica.
Me acerco más al núcleo conforme le voy hablando.
—Sólo te voy a pedir una cosa —le digo —, ¿podrías preguntarme por el intraauricular si soy capaz de sobrellevar ese sentimiento antes de intervenir?
«Actualización de protocolo de preservación»
—He anotado tu petición de no intervenir ante un episodio clasificado como sentimiento. En caso de no respuesta, se actuará conforme protocolo establecido.
Me doy media vuelta para salir del laboratorio e ir a la ciudad.
—Veremos cuánto tiempo dura esa anotación —digo para mí.
—Detectada connotación de sarcasmo —responde.
Me giro antes de salir por la puerta para mirar a Fénix en el núcleo.
—Chico listo… —digo acompañándolo con un guiño.
Y cierro tras de mí. Vuelvo al coche y esta vez entro sin distracciones. Activo el vehículo y le indico la zona comercial de la ciudad para que me lleve hasta allí.
El trayecto monótono se acaba en cuanto entro por la calle principal que atraviesa la gran ciudad. No hay día que no me quede ensimismado observando las formas, la piedra gris blanquecina de los edificios que forman cada manzana alineada. Al dejar el coche en las entrañas de la estación pública, salgo a la calle y camino por las grandes baldosas hacia la zona comercial.
El movimiento en la ciudad intenta empujarme. Intenta con todas sus fuerzas que me una a su velocidad, pero lo veo pasar por mi lado sin rostro. Abandono su compañía por una calle que entra como la arteria de la ciudad. Aquí la multitud me acompaña sin la necesidad de aparentar. Cada manzana de la arteria tiene una variedad de locales tan dispares y con tanta rotación que nunca sabes si el día que vuelvas podrás disfrutar de aquel momento.
Camino cerca de los escaparates porque me gusta las composiciones que generan para atrapar al público frío e inerte. Al pasar por delante de un ventanal con luces de neón fucsia no puedo evitar detenerme. La composición de escenas altamente eróticas con juguetes sexuales de tamaños desproporcionados, pero con un realismo que me atrapa. Un movimiento por el rabillo del ojo me devuelve a mi ser y veo el reflejo de un hombre frente al escaparate mirándose. Cierro la boca, dejo de mirar mi reflejo y me alejo de esos juguetes antes de que mi cuerpo decida despertar.
Con la respiración más contenida, decido entrar en una de las pocas boutiques de moda dedicadas sólo para hombres. En el interior, cierro los ojos y huelo ese aroma a tinte. Al fondo está la máquina de cobro y una chica con un rostro fino, perfil marcado y una piel suave sin imperfecciones. Me acerco a ella.
—Disculpa —digo mirando la ropa de color —, ¿dónde tienes la ropa de tejidos naturales?
La dependienta me repasa con su mirada. Me está analizando para saber qué venderme. El poder adquisitivo no está definido por el tipo de ropa que llevo. Me anticiparía a decir que será divertido.
—Buenos días —responde con un tono seco —las prendas de tejidos naturales las tenemos en esta zona de la derecha.
Me guía con un gesto de la mano sin mucho ánimo.
Reviso la zona que me ha indicado la chica de piel perfecta. Es solo una estantería con jerséis de lana de oveja merina y pantalones de pinza de algodón.
—¿Sólo tienes esto? —le pregunto sin mirarla.
—Sí, la ropa natural no tiene rotación en la moda para caballeros —responde —lo más trending son las prendas ambi-regulables.
Cojo un jersey de color azul marino. Mis dedos pasan por encima de la frágil tela. Los hilos finos se entrelazan unos con otros y la esponjosidad en las manos me hace decidirme por esta prenda. Se la dejo en el mostrador y vuelvo a la pequeña zona natural. Los pantalones de pinza no me acaban de convencer. Son la prenda que más uso, pero tengo tantos que no hay ninguno que me llame la atención.
En el momento de darme la vuelta hacia el mostrador veo un pantalón tejano de un azul intenso casi negro. Me acerco para cogerlo. Al tenerlo entre mis manos las finas fibras de algodón me acarician a mí.
—Señor, ese pantalón es de algodón de mar —me informa —es una pieza de colección con número de serie y certificado por el Patronato de Fibras.
Con la prenda en la mano, me acerco al mostrador y se lo dejo junto al jersey de lana.
—Ah, no sabía que teníais prendas certificadas por el Patronato de Fibras Orgánicas Mundiales —le digo con tono sarcástico —, ¿me cobras?
La dependiente mira las piezas en el mostrador y su mirada se desvía hacia la máquina.
—Puede usar el cobro automático… —comienza a decir.
—No, gracias —le corto —. Quiero que me cobres tú, no una máquina.
Su cuerpo se gira con un leve gesto de retroceder ante la petición que le he hecho. Mira la ropa y acaba cediendo. Se acerca al mostrador. Recoge las prendas con desdén y las pasa por el detector.
—¿Quiere bolsa e-co-lo-gi-ca? —pregunta con un tono despreciable.
—Sí, por favor —respondo.
Guarda la ropa dentro de la bolsa con el logotipo de la boutique. En la máquina activa mi pasarela personal. El rostro de la chica palidece. Sus ojos están fijos en mis datos. Su mirada la fija en mí con los labios estirados simulando simpatía.
—Dr. Saavedra… —dice con una sonrisa —no le he enseñado las nuevas prendas de fibras naturales con certificado PFOM que nos han llegado esta semana. ¿Si quiere…
—No gracias —respondo.
Agarro la bolsa, estiro hacia mí quitándosela de las manos y me giro hacia la puerta.
—Acaba de cobrarme —le digo sin mirarla —tengo cosas más importantes que hacer.
—Sí, Dr. Saavedra —responde —, no se preocupe.
Salgo de la tienda con la cabeza firme, los hombros en tensión y los hoyuelos pícaros en el rostro.
Satisfecho con la compra, continúo el paseo disfrutando de los escaparates. Llego a una intersección, me paro para dejar pasar los vehículos que viajan por la carretera. Mientras espero, veo en la otra acera una furgoneta blanca. Mi cabeza se va ladeando conforme la voy reconociendo. Doy varios pasos acercándome a ella por mi lado de la acera. Mi pecho se inclina hacia el interior de la carretera, pero el coche que pasa me detiene la intención. Vuelvo a dar unos pasos para acercarme aún más a la furgoneta. Desde mi perspectiva puedo ver que él no está en el interior. Mis ojos lo buscan por alrededor, hasta que se detienen de nuevo en el vehículo.
Subo la mirada al edificio que tengo delante. Hay un letrero en la fachada que indica que el edificio pertenece a la empresa Atlas hábitat. Y es entonces, el momento que entiendo por qué su furgoneta está aparcada en las oficinas donde trabaja su ex.
El sol intrigado se asoma entre los edificios para husmear. Sus rayos comienzan a iluminar la calle con un tono dorado y en especial uno que choca con una ventana delante de mí. El cristal refleja la luz y no me deja ver en su interior, pero por más que me quema, no puedo apartar la mirada. Aparto los ojos y los cierro con ardor, sin poder ver nada más que una luz blanca. Cuando la mancha se ha disipado y mi visión vuelve, levanto la cabeza para volver a mirar la ventana, pero esa luz cegadora ya no está y tampoco está lo que me hacía volver a mirar.
Agacho la cabeza y dejo la furgoneta atrás. Cruzo la carretera corriendo y vuelvo a la zona peatonal para seguir mirando escaparates y ocultarme de la verdad.
Camino distraído. Sin prestar mucha atención a las composiciones en los ventanales de los comercios, hasta que uno en particular me llama la atención. La fachada no es de piedra como el resto. La han pintado rosa pastel. El letrero es tan dulce que salivo sólo de mirar. Acelero el paso con intención. Entro sin vacilar y unas campanillas suenan con un toque onírico. El dulzor se me cuela por cada rincón de mi cuerpo. Cierro los ojos e inspiro con tranquilidad, llenándome los pulmones de esta fragancia.
—Hola cielo —dice una voz femenina —, ¿te puedo ayudar en algo?
Abro los ojos y busco la procedencia de la voz. Al fondo una mujer madura de unos cincuenta años, con un rostro igual de dulce que su voz.
—Eh… —respondo —sí, sí, disculpa.
Me acerco a la vitrina donde tiene expuestos una gran variedad de helados de sabores que ni sabía que existían.
—Pues tú dirás, cielo.
La voz de la mujer me relaja los hombros. Le miro el cabello rubio y ondulado. Su rostro redondeado, sus labios siempre tensos y entrañables.
—Cielo… —llama mi atención.
—Ah… sí —respondo llevándome la mano a la cabeza.
Doy un vistazo rápido a todos los sabores que me llaman la atención, pero uno en particular detiene mis ojos al pasar por su letrero.
—Es difícil decidir con tantos sabores tropicales —le digo —, pero ¿me podría poner un helado de nata con nueces?
La mujer levanta el entrecejo al escuchar mi decisión y su mirada se vuelve aún más cálida.
Escoge por mí una tarrina vacía sin consultar qué tamaño quiero y con movimientos rápidos y meticulosos saca el helado con la espátula metálica rellenándola en segundos. Estira el brazo para dármela aún con la sonrisa en su rostro. Con la tarrina en la mano, me acerco a la máquina y efectúo el pago.
—Muchas gracias —le digo.
—A ti cielo —responde —, vuelve cuando quieras.
Doy la vuelta en dirección a la salida. Camino varios pasos con la mirada puesta en el helado blanco. Al estirar de la puerta el sonido de las campanillas vuelve a sonar, pero esta vez las siento muy cerca de mí. Me detengo bajo las campanillas y al levantar la vista, veo acercarse un vehículo negro circulando por el paseo peatonal. Mi cuerpo ya no responde. Los ojos siguen fijos en las letras INNA en la puerta del vehículo. Mi pecho me golpea fuerte. La ventanilla del pasajero principal está llegando a la altura de la puerta y no me puedo mover.
—Cariño, ¿estás bien? —pregunta.
La voz repentina de la señora me da el impulso para girarme y esconderme tras el pilar del umbral.
Mi rostro descompuesto se fija en la mujer que está al fondo observándome. Sus ojos me miran con ternura. Sus labios se mueven queriendo decir algo que no llego a entender. Solo escucho el ritmo acelerado golpeando mi sien.
Muevo la cabeza despacio hacia la salida para ver si el coche se ha detenido al verme, pero ha pasado de largo. Vuelvo a mirar a la señora.
—Gracias —le digo inclinando la cabeza.
Estiro de la puerta hacia el interior y el sonido onírico vuelve a sonar. Asomo la cabeza en ambas direcciones para ver si el INNA está por los alrededores. Al no ver el vehículo, salgo despacio del local y la puerta se cierra tras de mí. Me giro y miro en el interior. La señora me observa desde el fondo. Camino de vuelta al edificio donde tengo estacionado mi coche. Con paso ligero y con la espalda resguardada lo más próxima a la pared, mis ojos no se quedan quietos en un punto más de lo necesario. Reviso cada movimiento de los transeúntes por si puedo detectar algún movimiento extraño. Las farolas continúan con el piloto rojo parpadeante. Puede ser posible, el INNA ha podido piratear las cámaras de seguridad de la ciudad y me están buscando, pero entonces sabrían que estaba en la tienda de helados.
Llego a la intersección y mi mirada se va directa al lugar donde estaba la furgoneta blanca. Su ausencia me presiona más en el pecho y me agarro al mástil del indicador de prioridad de paso.
—Se ha detectado alta concentración hormonal que desestabiliza el equilibrio neuronal, Mateo —dice Fénix por el intraauricular —. ¿Necesitas que contrarreste los valores? O, ¿puedes sobrellevar ese sentimiento?
Con el cuerpo curvado y el brazo apoyado, miro hacia adelante y continúo el camino controlando la respiración.
—Estoy bien, Fénix —respondo llevándome la mano a la oreja.
—Tus niveles de oxígeno han bajado al noventa y cuatro por ciento —prosigue —si el índice total cae por debajo del ochenta y siete por ciento me veré obligado a actuar.
—No te atrevas, Fénix —contesto —. ¡Te he dicho que no me manipules!
La gente que camina a mi alrededor se para y me observan. Sus miradas me juzgan sin saber quién soy. Sin saber qué he hecho y, aun así, se sienten con derecho de poder hacerlo.
Sigo la calle peatonal de anchas baldosas grises. Al fondo veo pasar coches, así que no me debe quedar mucho para llegar a la calle principal. La puerta del local frente a mí se abre y sale una mujer con el pelo cobrizo, muy rizado y largo. Sus ojos se abren y sus labios simulan palabras que no llega a pronunciar. Se acerca a mí con urgencia.
—Mateo, ¿qué te pasa? —pregunta apoyando su mano en mi hombro— estás muy pálido.
—No es nada… el helado no me ha sentado bien —miento, llevándome la mano al estómago.
Sus ojos se afilan. Su rostro se endurece y su mano me presiona.
—Tienes que llevar una dieta mejor controlada, Mateo —contesta —. Si vas a estar por la ciudad estoy en el edificio Atlas por si necesitas algo. ¡Cuídate!
Mientras se aleja de mí se lleva la mano a la oreja. Siempre tan ocupada con proyectos. Siempre tan perfecta.
Al llegar a la estación de vehículos, le indico a la máquina la extracción y finalización del servicio. En cuestión de pocos minutos tengo el vehículo delante de la puerta esperando. Entro en él, verifico mi identidad, enciendo el vehículo y le indico en el navegador la vuelta a casa. Las ruedas comienzan a girar con su particular zumbido.
El vehículo se detiene detrás del laboratorio. Salgo y voy dando pasos cortos por el camino de tierra hasta la puerta principal. Al desactivar la alarma, me adentro en las entrañas oscuras y frías de mi hogar. Me descalzo en la misma puerta y dejo los zapatos bajo el espejo. A cada paso que doy, la piel se adhiere al suelo de madera y siento como intenta detenerme, pero no lo hago. Entro en el salón y me siento en el sofá frente a la pantalla holográfica. Me quedo allí mirando la negrura absoluta de la pantalla, hasta que comienza a nublarse la visión y unas gotas se amontonan y deslizan por mis mejillas sin hacer ruido.
Unos golpes fuertes llegan al salón que me corta la respiración. Alguien está aporreando la puerta. Me llevo la mano al pecho y aprieto, como si mi presión ayudara a paliar el ritmo descontrolado en mi interior.
Vuelven los golpes, pero esta vez no vienen solos. Los acompaña él.
—¡Mateo! —grita desde el exterior.
Me levanto del sofá y voy a la puerta principal antes de que la eche abajo.
Desactivo la cerradura y la puerta se suelta de su seguridad. Estiro hacia mí y una figura va cobrando vida en el exterior. Aún con la puerta a medio abrir, su mirada se clava en mí, levanta las cejas y sus labios se separan. Una mano agarra el filo de la puerta y fuerza su entrada al interior.
—¿Qué te pasa? —pregunta sin vocalizar — ¿Por qué no me has llamado?
Me quedo mirando a Emilio entre el marco de la puerta, rodeado de una luz blanca que se cuela con él. Su rostro desencajado está recubierto de sombras tétricas a juego con este vacío. No sé qué le ocurre ni por qué ha decidido venir hasta aquí.
—¿Qu-Qué… quieres d-decir? —digo, o lo intento aún con los ojos vidriosos.
Emilio se acerca a mí, su mano vuelve a apoyar en mi cuello y con el pulgar me aparta con un roce delicado una lágrima que se había entrometido. El recibidor comienza a calentarse y mi rostro vuelve a coger color.
—¿Por qué he tenido que enterarme por Abril que estabas así? —dice con el azul cielo entrando en mí.
—¿Qué pin-pinta A-Abril? —pregunto sin entender nada.
El cuerpo de Emilio se acerca aún más. No se detiene. Sus brazos me rodean y su mano me guía para descansar en su pecho. El aroma de su piel sube por la apertura de la camisa que se une a un aura cálida que me acaricia las mejillas, la nariz y los labios. Sus brazos se tensan y me aprietan contra su piel. Sus latidos me gritan al oído.
—Estoy aquí —susurra en mi oído.
El pecho me aprieta. Su voz retumba en mi cabeza. No entiendo nada. Qué me está pasando. No consigo respirar. Intento dar bocanadas, pero Emilio no me deja moverme. Todo da vueltas.
—Respira…déjalo salir —vuelve a susurrar.
Sus brazos se separan de mí. Vuelve a secarme las mejillas con ambas manos.
—Me has dejado perdido —dice con tono burlón mirándose la camisa— ¿te encuentras mejor?
Su camisa está empapada. Me restrego las manos por los ojos para disimular y secarme el rostro.
—Sí, mucho mejor —digo llenándome los pulmones —, pero ¿cómo es que has venido?
Emilio camina hacia el salón y mi cuerpo va detrás. Se sienta en el medio del sofá y sus ojos me indican que vaya a su lado. Con los pies descalzos, los subo al cojín para no coger frío. Emilio está tan cerca que mis dedos se cuelan por debajo de su pierna. Él mira mis pies.
—Me llamó Abril —dice sin apartar la mirada —me dijo que acababa de dejarte marchar, pero que estabas muy alterado… Ah, y que te dijera que no sabes mentir.
Un soplo sonoro por la nariz me sale sin avisar y mis mejillas comienzan a sentir el calor de esas palabras que me dedica Abril.
—¿Habías ido de compras sin mí? —se burla de mí.
—Fui a la ciudad a comprar café —le explico —, pero había una tienda de ropa con telas naturales que me llamó la atención y no me pude resistir…
Su mano vuelve a mi rostro y me aparta lágrimas que todavía van cayendo.
—Me agobié al salir de la tienda de helados y decidí irme para casa sin comprar café y ahora no tengo para mañana.
Aparta la mano y la deja caer en su pierna. Me mira a los ojos. Me regala su hoyuelo antes de levantarse. Se dirige a la puerta principal, la abre, cruza y cierra sin decir nada.
Me quedo aquí petrificado mirando la puerta. No sé si he dicho algo o quizá me he excedido aproximándome a él con demasiada libertad. Si no quiero perderlo de mi lado he de contenerme, pero su presencia me destroza por dentro.
Escucho la puerta de cocina abrirse. Me giro rápido hacia esa dirección para ver que ha sido ese ruido.
Emilio aparece por la cocina, pasa el recibidor y entra al salón. Vuelve a sentarse donde estaba antes. Apoya la mano en el sofá y sus dedos tocan mis pies desnudos. El roce de su mano da un mordisco a mi piel y mi garganta traga con dificultad.
—Te he traído café de casa —dice enseñándome el paquete —no es la misma marca. No es el mismo tueste, pero para mañana tendrás café.
Cojo la bolsa plateada de su mano y le doy un par de vueltas mirándola.
—Hostia… —sale mi mejor vocabulario — ¡muchas gracias, Emilio!
Lo miro con todo mi rostro tenso de emoción, pero que se va consumiendo conforme voy observando su mirada felina.
—De gracias nada… —comienza a decir —no he ido hasta mi casa para que me des las gracias.
Mis párpados nerviosos no saben qué hacer, pero si no se están quietos me acabarán doliendo.
—¿Cómo? —pregunto
—Qué menos que me invites a un café y charlemos un rato, ¿no?
Agacho la cabeza ardiendo. La mirada fija en la bolsa de café.
Emilio se levanta del sofá y estira la mano hacia mí. Miro sus dedos largos apuntándome y acepto su ayuda para levantarme. Nos quedamos ambos de pie sin movernos. Uno al lado del otro y aún tengo su mano cogida que suelto rápido para que no lo malinterprete. Lleno el pecho despacio y voy soltando el aire. Camino hacia la cocina sin mirar atrás.
Esta mañana lo había dejado todo preparado para moler el café, así que sólo he de preparar las dos tazas, hervir leche y sentarme con Emilio para conversar.
—Por cierto, Mateo —dice Emilio —¿qué hacías delante del edificio Atlas?
Me giro y veo a Emilio sentado en la encimera de la isla mirándome.
—¿Y cómo lo sabes que estuve delante del edificio?
—Te saludé por la ventana —responde —¿no me viste?
Me doy la vuelta para echar el café en las tazas.
—No, no se veía nada —respondo con la comisura de la boca tensa —y, ¿qué hacías tú en el edificio Atlas?
Emilio da un salto. Se pone de pie y se acerca por detrás de mí. Su cara queda cerca de la mía y su brazo rodea mi espalda para coger la taza de café.
—Gracias… —susurra y su aliento me acaricia la oreja —Claro, como te fuiste de Ático sin dar señales de vida, no te lo pude explicar.
—Ahora la culpa será mía… —me digo a mí mismo.
—Abril había cerrado un proyecto con unos inversores justamente en la discoteca —continúa —cuando fuiste a por unas cervezas me propuso varios contratos de rehabilitación en el casco antiguo de la ciudad. ¡¿Sabes lo que es eso?!
Sus palabras me dan vueltas en la cabeza. No me reconozco. En la discoteca me pasaron cientos de situaciones por la cabeza del por qué Emilio bailaba tan pegado a Abril. Todas ellas me excluían a mí.
—Me alegro mucho por ti, Emilio —le digo levantando la mirada y perdiéndome de nuevo en su océano.
Emilio ladea la cabeza mientras me devuelve la mirada. Se levanta. Deja la taza en la encimera y se da media vuelta hacia mí. Se acerca de nuevo y su mano posa con cuidado en mi hombro.
—Por favor… —dice con su voz dulce —llámame.
Mis ojos se posan en el vello que sobresale de la camisa.
—Va…Vale —susurro.
Su mano se va alejando. Sus dedos van cayendo por mi hombro uno a uno. Lo veo alejarse despacio. Su cuerpo ocupa el vacío y aunque esta vez también lo dejo marchar, esta vez es él, el que se gira en el umbral y su mirada se apaga al salir.
—Buenas noches, Mateo —dice con voz pausada.
Cierra la puerta. Escucho sus pasos caminar por la grava.
Me quedo quieto observando la puerta.
—Buenas noches…Emilio.