Universo 2056 · Día 05

Sé cuál es mi lugar

Esta mañana comienzo un nuevo ritual. Arrastro la puerta principal —la culpable que lo dejó marchar— y dejo atrás el silencio de la casa con un golpe brusco. El aire fresco me mueve el cabello, juega con él, y la primera luz del día lo pinta de color arena húmeda. Mis pulmones se hinchan por completo y mi pecho llena el contorno de la camiseta blanca. Con las manos apoyadas en la cintura y observando el paisaje que tanto adoro, no puedo evitar desviar la atención hacia el garaje. Esa estructura se me antoja extraña desde hace pocos días, pero, aun así, siento una fuerza que me empuja. Una voz que me susurra palabras que no llego a entender. No quiero darle un nombre, ni un motivo en el que pensar.

Los primeros pasos en la grava despiertan en mis oídos un leve cosquilleo en su interior, haciendo que mi cabeza se ladee hacia ese sonido. A cada paso, el ritmo aumenta. La casa va quedando atrás. Se ensordece el cacareo de las gallinas cuando me ven pasar por su lado, incluso algunas de ellas se asustan y aletean para cobijarse en el interior de la caseta.

El camino de tierra penetra insinuándose entre una arboleda con troncos altos, cortezas heridas y de copas voluminosas, pero de hoja larga y estrecha. Al correr al interior siguiendo la grava, el olor punzante se me cuela por las fosas nasales y me ayudan a respirar mejor mientras los voy dejando atrás.

La vía se desvincula de la carretera que da acceso a la finca y me lleva directo a la senda que se abre en prados verdes e infinitos, llenos de pequeños puntos blancos y amarillos que endulzan el ambiente.

La respiración constante y controlada. Las flores veloces y difusas por el rabillo del ojo. La tierra quejándose por mis zancadas. A lo lejos, grandes montañas bloquean el horizonte, pero mi intención no es ir con ellas.

En el trayecto, una pequeña ardilla de cola roja sale al camino para recoger un pequeño fruto. Se apoya en sus patas traseras para elevarse. Sus bigotes se mueven rápido. La mandíbula roe su presa mientras fija los ojos negros en mí. A pocas zancadas de llegar a ella huye hacia los árboles, pero antes de subir al tronco se vuelve hacia mí y mastica con más intensidad.

Mis labios se tensan mostrando el marfil.

La luz de la mañana se mueve detrás de mí mientras me aproximo a la falda rocosa que se eleva a gran altura. El quejido de la tierra cede. El aire que jugueteaba con mi cabello se detiene conmigo. A mi lado, un árbol de tronco generoso me cobija y protege de la luz cálida.

La esfera roja en el cielo se ha movido durante el trayecto. Con el cuerpo encorvado y la mirada puesta en el camino de vuelta, las gotas de sudor caen veloces y decididas al suelo. Inspiro profundo y expiro despacio un par de veces. Vuelvo a mirar mi destino. Cierro los párpados y niego con un movimiento leve de cabeza.

Ese pequeño alivio a la sombra enfría el calor de mi cuerpo y al retomar la vuelta me acompañan pequeños pinchazos en la planta de los pies.

Después de un rato a un ritmo constante, entro de nuevo al camino de tierra, protegido por un aroma a eucalipto que me da la bienvenida. A lo lejos, un movimiento me alerta. Un vehículo autónomo de gran envergadura saliendo del recinto de mi propiedad. Con un movimiento instintivo y grácil como un felino, me aparto hacia los árboles. De cuclillas y abrazado al tronco para protegerme de miradas ajenas. A pocos metros de llegar a mi altura, identifico la procedencia del vehículo. Lleva la insignia institucional y el acrónimo INNA en el lateral. Mis dedos tiemblan mientras se aferran al tronco. Los párpados indecisos, no saben si abrirse o cerrarse. Si no me han visto todavía, aún pueden descubrirme si prestan atención al ruido de mis latidos.

La ventanilla delantera comienza a descender lentamente. Cuando el coche llega a mi altura puedo ver a la persona que hay dentro. Está buscándome. No es posible que me haya visto, pero ahí está. Christian, con su rostro anguloso, la cabeza redondeada y afeitada. Su mirada cálida y amistosa, pero a la vez ambigua y peligrosa. Se detienen. No puedo moverme o me descubrirá.

Con la mirada va repasando los árboles y el camino. Mientras, con la mano le indica al piloto autónomo que avance. Conforme el movimiento del vehículo continúa, voy ocultándome tras los troncos en los que me cobijo. En el momento que salen a camino abierto que da a la carretera, voy sorteando árboles y arbustos para no volver a pisar la grava. Continúo mi avance por detrás del gallinero. Escucho como corretean, pero no les presto atención. Antes de dar otro paso, vuelvo la cabeza hacia el final de la arboleda. No hay nadie. Mis pies no piensan lo cansados y doloridos que están, porque me llevan a toda velocidad.

Al llegar a la puerta, el sensor principal me detecta. Un sonido mecánico del pestillo junto al leve movimiento libre de la puerta desbloqueada me da acceso a cruzar el umbral y cerrar de un golpe seco tras de mí.

Pegado a la puerta, aparto la tela blanca que tapa la vidriera y busco algún movimiento en el exterior. La cortina deja de temblar. Mis hombros caen y la respiración se acompasa.

Subo las escaleras, sin pensar en nada más que en la cara de Christian desde la ventanilla buscándome. Entro en mi habitación, cojo la ropa cómoda y auto regulable que suelo usar para estar por casa y continúo con mis rituales matutinos.

En el baño me desvisto frente al espejo y el reflejo de mi desnudez no me dice nada, esta vez no me veo a mí solo. Sin pensar, sin intención de buscarlo, mis dedos hurgan en el cabello para sentirlo. Mi otra mitad.

El agua caliente me quita el sudor pegado a la piel, pero aún me siento sucio recordando a Emilio de pie, observándome desnudo en la ducha. Apoyado en la pared de la ducha, el agua golpea incesante mi pecho encorvado mientras el vaivén del agua cálida cae en mi mano. Se me cierran los ojos en la lucha. Se me tensa el cuello. Los hombros suben y bajan. El agua no quiere que pare y no lo hago. Las piernas abiertas tiemblan junto a mi cuerpo. Y toda mi tensión desaparece en el último suspiro. Dejo que el agua acaricie el cuerpo y juegue con el vello del pecho más tiempo. Con la mano apoyada en la pared y el cuello desnudo hacia el torrente.

Frente al espejo, dejo la toalla tirada en el cesto. Con movimientos decididos, me visto con el pantalón de chándal negro, una camiseta blanca y las deportivas.

Entro en la cocina despacio, revisando las ventanas por si hay movimiento en el jardín. Allí está. No he caído en que hoy he comenzado el día antes de tiempo. La furgoneta autónoma con el nombre «Carpintería Olmedo» está junto al gallinero. De un salto me acerco al ventanal. La diferencia de temperatura fría del vidrio con la calidez de mi palma dibuja un contorno perfecto mientras lo observo.

Abro la puerta lateral de la cocina para irlo a ver, pero el vehículo comienza a levantar polvo con su puesta en marcha. Me quedo en el marco observando la humareda y cómo Emilio saca el brazo por la ventanilla para saludarme, mientras continúa su camino entre los árboles de troncos descorchados.

Con el café caliente en una taza cualquiera, me dirijo hacia el laboratorio con ojos rápidos, revisando el camino y cada árbol, que en su sombra pueda haber una mirada oculta. En la puerta metálica del garaje vuelvo a prestar atención a mi entorno. Doy un paso atrás para pasar el marco de la puerta, pero con la mirada aún en las sombras y cierro con un movimiento ágil.

Reviso todas las áreas del laboratorio en busca de indicios de intrusión, pero sigue todo en su sitio.

Camino hacia la mesa de estudio que está al fondo, pasando por al lado del núcleo central.

Me llevo las manos a la cabeza y los pies me mueven por el laboratorio como si el hormigón estuviera candente. Alzo la vista a la caja BXTRH en lo alto de la estantería. Los ojos fugaces se clavan en el cuadro de alta tensión colgado en la pared. El número rojo indica la potencia que recibe el laboratorio y al lado el botón que lo apaga todo.

Al terminar de hablar Fénix, una vibración en la zona del cuello detiene el fuego en mis pies. Los párpados se aceleran y mis ojos se elevan.

Me acerco al espejo que hay en la zona de enfermería, detrás de la camilla. Mi rostro desencajado comienza a volver a su estado normal. Las cejas se relajan y alinean. La expresión marcada en el contorno de mis ojos se difumina.

Con cuidado de no pisar demasiado fuerte el suelo. El sonido de las botas me acompaña en mi andar, el roce continúo del hormigón me dificulta llegar a la silla. La observo parada y dándome la espalda. Alargo la mano hasta el respaldo para darle la vuelta y poder sentarme.

Apoyando todo el peso de la espalda, la silla se inclina y me quedo mirando el techo con las manos en los reposabrazos. Las pequeñas grietas dibujan formas y esas formas comienzan a generar imágenes fugaces de Emilio dando de comer a las gallinas. Imágenes donde Emilio se besa con Abril en la fiesta de inauguración de la carpintería. Imágenes en las que una vez, yo soy su protagonista y es a mí a quién acaricia el rostro en la fiesta.

Me levanto de la silla y con paso firme me acerco al núcleo central. Con la palma de la mano extendida activo el sensor biométrico. La pantalla reacciona a mí y me da acceso a las rutas de Fénix. La mano juega con los datos tejiendo una red hasta el momento que la detengo. Allí, el núcleo de la configuración inicial de Fénix.

Autorizo el acceso de Fénix a las bibliotecas de datos que tengo preparadas para su aprendizaje. Le programo el itinerario de material por el cual ha de empezar a asimilar.

Observo el logo de las alas asimétricas. El parpadeo de la imagen holográfica que representa a Fénix. Los ojos me comienzan a arder y me obligo a parpadear.

El rostro me arde junto a una presión rítmica en la sien.

Me alejo del núcleo central. En la mesa está la taza de café que he traído esta mañana. El poso está seco. Paso el índice por el asa y la levanto hasta tenerla frente a los ojos.

Con paso decidido, me acerco a la estantería donde tengo todos los libros de diferentes categorías científicas. Allí, delante de los libros un leve movimiento en mi oreja derecha me alerta. Los ojos vuelan hacia la ubicación de la caja BXTRH sobresaliendo de la balda.

Giro sobre mí mismo dejando atrás la atracción magnética hacia ese punto en concreto de la estantería.

Al abrir la puerta del laboratorio, antes de salir, vuelvo la cabeza en dirección al núcleo. Hacia Fénix.

Cruzo el umbral y cierro tras de mí.

Sentado en la cama sin prestar atención a nada en particular, pero los ojos bailan sin una canción que los motive. Me levanto y asiento con la cabeza. Recorro el dormitorio varias veces con intención. Abro armarios. Abro cajones. Selecciono piezas de ropa que hace años que no usaba y las extiendo en la cama.

Cuando me quedo sin más opciones en el interior del armario, me doy la vuelta hacia la pila de descartes que he generado a un lado de la cama y las dos prendas que tenía reservadas como posibles candidatas de serme útiles en la cita con Emilio. Doy dos pasos rápidos y cojo el jersey de punto color canela con el cuello abierto en uve. Resalta la clavícula y muestra todo el contorno del cuello sin asfixiar y combinado con los pantalones de color blanco roto, junto a los zapatos marrones camel.

Observo el conjunto que he seleccionado como ganador expuesto sobre la cama. Mis ojos se dirigen de nuevo a la pila de descarte. Mis párpados se cierran lentos. La barbilla acaba tocando el pecho y el aire sale de mis pulmones con prisa, hasta quedarse vacíos.

Atrapo la ropa de una pasada y doy un tirón hacia mí.

Salgo por la puerta principal de casa. He tardado más de lo que esperaba en ducharme y vestirme. Activo la seguridad del recinto con alerta máxima y aviso por línea privada. Vuelvo a revisar que se haya activado correctamente en el panel de la puerta principal. Convencido, mis pasos me guían al vehículo de renting que tengo detrás del garaje.

Al abrir la puerta del utilitario observo el pequeño edificio de hormigón completamente aislado del exterior. Sé que me está observando. Desvío la mirada hacia el único asiento interior del coche para sentarme.

Cierro la puerta de un tirón seco. Me acomodo en el asiento estirando los pies a lo largo del hueco. Alargo la mano hacia la pantalla holográfica que me muestra los itinerarios. Atraigo hacia mí las opciones y elijo una nueva ruta. El cálculo de distancia y costo del trayecto se muestran en pantalla. Acepto el pago con el CivID y el vehículo comienza su trayectoria a la estación más cercana de carga en la ciudad.

Al finalizar la lista de reproducción que le pedí al vehículo, entramos por la vía principal. La calle ancha ya está iluminada con las luces cálidas, dando ese dorado a los árboles que acompañan por toda la travesía.

Me acomodo en el asiento apoyando la cabeza en el cojín y los ojos se me van a las sombras que se dibujan en las paredes de piedra de los edificios que voy dejando atrás. Por la noche, con la iluminación la piedra cobra vida, ya no es ese blanco roto, ese color antiguo que me recuerda al estilo que adoraba mi madre.

El giro del vehículo en una bocacalle me saca de mis pensamientos. En la pantalla indica que estamos a tan solo veinte metros del restaurante. Tan solo veinte metros de mi destino. Veinte metros de él.

El vehículo entra en el aparcamiento. Se detiene al lado de una pantalla con toda la información de reserva y carga del vehículo. La IA 1543 baja la ventanilla sin tener que pedírselo. Alargo el brazo hacia la pantalla e introduzco la mano en la ranura inferior. La vibración en mis dedos me recorre el brazo y en ese momento aparece el mensaje de autorización que estaba esperando. Al llegar al portón, me recuerda al vacío, la ausencia de materia, la ausencia de vida.

Sin prestarle mucha atención a la IA, tiro de la puerta y continúo la línea verde a un lateral. La IA 1543 cierra la puerta en el momento que el oscuro portón abre la compuerta y me enseña sus entrañas. Cientos, quizá miles de vehículos estacionados en el subsuelo. La plataforma bajo el vehículo comienza a moverse y con ella desaparece en ese vacío ausente. Me doy la vuelta y avanzo por el camino.

El ascensor abre sus puertas y el aire fresco y salado entra por las puertas. Cierro los ojos e inspiro ese aroma tan refrescante. Apeado en la calle dorada, busco la orientación para ubicar el restaurante.

La búsqueda del restaurante me indica qué calles he de tomar. Cruzo rápido la vía en el momento que no circulaba ningún utilitario. Al llegar a la otra acera la mirada se clava en la esfera de luz dorada que baña el edificio. Una pequeña luz parpadeante en su interior me recuerda la infracción que acabo de realizar.

Continúo bajando por la calle hasta la próxima intersección, las indicaciones dicen que debo girar la esquina con la calle peatonal. Al girar, el suelo está cubierto de rectángulos quebrados de piedra blanca, pero desalineados y manchados, dándole un toque antiguo. Por la hora que es, las tiendas comerciales ya están cerradas, pero sus luces alimentan el dorado de las farolas, haciendo de la calle un cuadro abstracto.

Doy con el final de mi recorrido de piedra cuando se abre y da espacio a una plaza amplia, llena de palmeras iluminadas desde su base con intención de darle más calidez. Al fondo, las luces azules de neón de la discoteca Ático hacen contraste con el ambiente cálido, y allí, parado delante de la puerta del restaurante está esperándome, con una camisa burdeos y la mano inquieta dentro del bolsillo del pantalón.

Nuestras miradas chocan en la distancia. Su cuerpo inmóvil, el rostro se estira y el azul de sus ojos se esconden bajo sus párpados. Alza la mano para llamar mi atención, lo que no sabe, es que mi atención ya la tiene desde que lo conocí. Me esfuerzo por caminar, pero mi cuerpo se tensa. Bajo el rostro, los ojos puestos en la piedra blanca. Parpadeo lento, respiro contando los segundos y sintiendo un calor en el pecho. Inspiro con fuerza. Levanto la mirada hacia él y con paso decidido me voy aproximando hasta llegar a su lado.

Miro su mano abierta esperando el contacto con la mía. Sin apartar la vista, mi brazo comienza a moverse, sé que en cualquier momento mi piel va a unirse a la suya, pero algo en mí hace que no quiera que eso suceda.

Su mano deja de esperarme, se eleva y se posa en mi hombro. Giro la mirada hacia la presión, su mano se abre mientras se desplaza con sumo cuidado. Lo miro y me da la sensación de que el azul de sus ojos brilla. Emilio ladea la cabeza y el brillo baja su intensidad. Sus dedos se alargan hacia la nuca y al sentir el roce en mi piel, tan cerca, doy un brinco apartándome de él.

Nuestras miradas se quedan unidas sin movernos del sitio, pero tampoco hablamos.

La puerta del restaurante se abre. Ese sonido nos rompe a ambos la unión. Por el rabillo del ojo veo cómo una figura se contonea hacia nosotros.

Emilio se gira hacia la voz y sus ojos se abren al verla allí delante de él.

Ella se gira hacia mí. Su mirada me repasa de pies a cabeza. Sus ojos se clavan en los míos. Puedo ver cómo esas largas pestañas no se mueven ni un ápice.

Me provoca un leve alzamiento de las cejas al escuchar mi nombre con ese tono de voz. Ladea la cabeza junto a leves movimientos de afirmación. Su atención se vuelve hacia Emilio. Su rostro se suaviza. Los ojos de Abril se vuelven de un marrón cálido. Se lleva la mano a la cadera y cambia la postura con los pies apuntando hacia Emilio. En este momento dejo de aguantar la respiración y lleno los pulmones, pero expulso el aire despacio para no llamar su atención.

Emilio da un pequeño paso atrás. Su cuerpo pierde presencia. Se lleva una mano al bolsillo y sus ojos me miran fugaces, volviendo a su exmujer. El color burdeos de la camisa se extiende por el cuello de Emilio.

Ella se vuelve hacia mí y su mirada vuelve a retenerme. Sus ojos rápidos repasan mi vestimenta. No debo ir bien conjuntado para sus estándares.

Un grupo de tres chicas están mirándonos. Una de ellas levanta la mano mirando a Emilio y lo saluda con demasiada efusividad.

Me giro hacia él y observo cómo sus labios apuntan hacia las orejas. Sus ojos están tan apretados que es casi imposible ver el cielo en ellos.

Emilio vuelve su atención a nosotros. Me da la impresión que su cuerpo se estira, mientras se acerca a Abril para darle un beso en la mejilla.

Ella con la mirada fija, levanta leve un lado de sus labios carmín. Baja la mirada hacia el suelo, su pecho se hincha y al soltar el aire vuelve a mirar a Emilio.

Abril se da la vuelta en dirección al grupo de amigas y comienza a caminar con paso firme. Cada paso que da me obliga a mirarla. La tela roza su contorno a la perfección y viéndola marchar entiendo el por qué a Emilio aún le tiembla la voz por ella.

Emilio se acerca a la puerta del restaurante. Esta se abre al detectar su presencia y nos da paso a un amplio recibidor. No lo recordaba tan cálido, debe ser que las luces exteriores se cuelan por los ventanales y le da un toque más íntimo. Las mesas laterales a la puerta principal tienen la virtud de tener unas vistas perfectas a la plaza. Seguimos el pasillo principal hacia una barra donde nos espera un camarero.

Emilio se para en seco y me mira con ojos adorables.

Emilio da un brinco al escucharme y su mano me tapa la boca y sus dedos me rozan parte de la oreja. Al respirar huelo el aroma de su piel con un toque a serrín de madera maciza.

El camarero se acerca a nosotros. Repaso fugaz el uniforme negro con el logo del árbol del Olivo.

Me acerco a Emilio mientras nos explica la inauguración del restaurante, le pongo una mano en el hombro y hago una leve presión para que se incline un poco y así poder hablarle al oído.

Se le escapa un breve soplido nasal y siento un movimiento en su brazo en el cual estaba apoyado que encadena en un leve golpe seco en el estómago.

El camarero se gira hacia nosotros después de la explicación. Se lleva el brazo al estómago con un paño por encima del antebrazo.

Al escuchar la pregunta de Emilio siento subir un ardor por las mejillas. Me he olvidado por completo de hacer la reserva.

El camarero se lleva los dedos a la oreja y asiente.

Vuelve a llevarse los dedos a la misma zona de la oreja para hacer la consulta. Esta vez asiente con más energía. Su rostro se relaja y mira a Emilio.

Gira sobre sí mismo y comienza a andar hacia el fondo del restaurante. Emilio no se mueve. Con los ojos puestos en el camarero, su rostro se vuelve hacia mí y me mira. Nos quedamos así hasta que acaba guiñándome un ojo. Se da media vuelta y comienza a andar. Lo veo de espaldas irse detrás del hombre de negro y yo me quedo quieto, congelado en el mismo lugar parpadeando, intentando recomponerme de un pequeño gesto que ha atravesado todo mi ser.

Al llegar a la mesa junto al ventanal, Emilio está sentado con la espalda recostada en la silla, el brazo apoyado en la mesa y atención puesta en mí.

Emilio cambia su rostro. Sus labios antes tensos vuelven a su forma original. Sus ojos me miran sin brillo y su cuerpo se tensa.

Me siento en la silla delante de él. Lo miro con los ojos abiertos y la frente tirante.

Emilio no me presta atención. Ha activado la carta de sugerencias y va subiendo y bajando las diferentes opciones. Marca tres platos y con un gesto rápido de muñeca cambia la dirección de la carta hacia mí.

Se inclina hacia mí y me coge la mano para enseñarme a subir la carta.

Al hacerme esa pregunta me viene un golpe de realidad. La visita no esperada por la mañana. La violación y manipulación de mis emociones y el encuentro de Emilio con Abril aquí en el restaurante.

Sigo mirando la carta. Los platos que ha elegido Emilio me parecen bien. En la pestaña de bebidas selecciono jarras de cerveza artesanal y al ver el precio se me abren los ojos.

Mis ojos se apartan del holograma azul para fijarse en otro tipo de azul. Me responde a la mirada. Sonríe y hace un gesto rápido con la mano para que me dé prisa a elegir. Confirmo las bebidas. En el apartado de la pasarela de pago está la información de Emilio. En ese momento su mano vuelve a coger la mía, la baja con cuidado hasta el final de la pantalla y con mi dedo confirma la transacción de pago.

Emilio se echa para atrás en la silla, su rostro se relaja, sus pupilas se dilatan y sus piernas las estira por debajo de la mesa. Una de sus piernas acaba apoyada en la mía. Bajo la vista hacia su pierna. Al volver la atención hacia Emilio, él me observa. No se mueve y tampoco la aparta. Abre la boca para decir algo, pero se pone recto en la silla. Siento el roce de su pierna mientras la mueve hasta colocarse de nuevo en su sitio. Su mirada se dirige al camarero que viene por detrás con los platos que ha elegido.

Nos miramos y reímos.

Emilio mueve el plato más al centro para que yo pueda alcanzar con facilidad. Cojo el tenedor, pincho la yema del huevo y comienza a salir un líquido de color naranja que se cuela entre las patatas.

Emilio acerca su mano con el tenedor y pincha un trozo de huevo y varias patatas barnizadas.

Emilio abre los ojos y asiente con la boca llena. Intenta masticar más deprisa enseñándome la palma de la mano para no cambiar de tema.

Comienza a moverse más rápido. Dando ideas de distintos tipos de mobiliario que podría poner en el laboratorio. Está claro que esto le apasiona y ahora que he dado con la tecla no voy a ser yo quien lo apague.

Emilio levanta las cejas y se queda con el tenedor a medio introducir en la boca. Deja el tenedor con las patatas atravesadas. Apoya los codos en la mesa y une las manos, entrelazando los dedos.

Le hace señas al chico del diálogo para que entienda que quiere que le traiga más cervezas. El camarero se mueve con rapidez, con la cara desencajada por la inesperada petición informal. A los pocos segundos viene con las dos jarras.

Miro el movimiento basto de sus manos. La interpretación que le está dando al chico para camelárselo. Y conociéndolo, se lo va a ganar. Como ha hecho conmigo.

Emilio me mira con los labios tan tensos que sería capaz de tocarse las orejas.

En este momento, el sonido del bar se intensifica. Las voces de los comensales se alteran y no llego a entenderlas. Mis ojos bajan lentos hacia el plato y su respuesta se me enquista.

Se le ensombrece el rostro, deja de beber y baja la jarra despacio hasta la mesa. Agacha la cabeza y no mira a ningún punto en particular. Es la primera vez en años que veo el rostro de Emilio derrotado.

Emilio apoya los codos en la mesa de cristal y oculta el rostro entre sus manos.

Un resoplido sale por la nariz de Emilio. La comisura de su boca se eleva y levanta la vista hasta clavarla en mí.

El camarero aparece con dos jarras de cerveza artesanales. Deja una delante de cada uno de nosotros. Emilio la coge del asa con fuerza y se la lleva a la boca. El camarero se gira para marcharse, pero Emilio es más rápido. Lo atrapa del brazo. Al ver su mano cogiendo el brazo del chico se me cierra la garganta y no soy capaz de tragar. Ni de apartar la mirada del camarero.

Emilio deja la jarra vacía en la mesa y le señala para que traiga dos más.

Vuelven a traer dos jarras de cerveza. Coge una y señala con la jarra para brindar.

Cojo la otra que queda en la mesa. Mientras la levanto miro a Emilio a los ojos. Su brillo sigue ahí. Su mirada me atraviesa y me guiña un ojo.

Emilio se hace cargo de pagar toda la cuenta y no me deja ni acercarme a su pasarela. Salgo a la plaza y el aire salado me inunda de nuevo el paladar y la brisa se me pega en la piel.

En su mano trae dos tarjetas con acceso VIP a la discoteca Ático.

En medio de la plaza Emilio me coge de la mano y me zarandea como un muñeco de peluche.

Aún con mi mano agarrada, estira de mí hacia la discoteca. Al llegar a la puerta el azul neón me obliga a entrecerrar los ojos para poder ver algo. En la entrada hay un letrero luminoso.

Entramos por la puerta de Ático. El arco metálico comienza a lanzar luces sobre nosotros. Al cruzar, nos adentramos en un oscuro pasillo delimitado por pequeñas luces en el suelo que te indican hacia dónde has de ir.

Al llegar al fondo del pasillo una puerta verifica nuestra identidad. Nos llega un mensaje el cual hemos de aceptar para consentir el acceso a la sala blanca. Al abrirse las puertas en el interior hay cientos de cuerpos en movimiento. Al pasar el umbral y acceder a la sala el sonido llega de golpe, pero llega por el aire. La música te envuelve. Te atrapa en una burbuja de la que no puedes salir. Por el rabillo del ojo veo a Emilio embobado mirándome. Se debe pensar que nunca he conocido como se escuchaba la música hace treinta años.

Emilio va buscándome cada vez que me pierde de vista. Pasamos entre un grupo de chicos sudados bailando sin camiseta. Mis ojos los repasan con intención y sin prisa. Un chico moreno choca conmigo. Al girarse, comienza a bailar alrededor de mí. Mis ojos incrédulos no pueden parar de moverse buscando la forma de pararlo y salir de ahí. Entonces, un brazo enorme que reconozco al instante mueve al chaval sin intención de hacerle ningún tipo de daño. Sólo lo aparta de mí.

Asiento. Giro el rostro para poder contestarle y sus labios pasan a escasos milímetros de los míos.

Se endereza pasándose la mano por el cuello sudoroso al acabar de reírse de mí. Con la misma mano que se ha secado el sudor la apoya en mi cuello y me acerca a él. Su rostro se acerca, sus ojos me miran y no lo evito. Su mejilla acaba tocando la mía, el aliento me roza la oreja y no puedo evitar que mi entrepierna se despierte.

Emilio se endereza y la mano en mi cuello desaparece. Abril se acerca a Emilio y juguetea con el cuello de la camisa.

Levanta la mano con el pulgar hacia arriba, pero sin prestar atención. Abril se gira hacia mí, nos miramos y me da la impresión de que la comisura de sus labios tiene una leve inclinación. Sin más importancia, me giro hacia la barra que hay al final de la discoteca, pasando de nuevo por el grupo de chicos sin camiseta.

En la barra pido dos botellines de cerveza, pero no tengo muchas esperanzas que sean buenas. Lo más seguro es que serán de importación a saber de qué país y tendrán un sabor a meado de gato. Mientras la máquina solicita y trae mi pedido, me paso la mano por el cuello, donde Emilio ha impregnado su olor. Cierro los ojos para revivir el momento que Emilio se acerca lentamente a mí. Sus ojos se apoderan de mi alma y sus labios se abren al contacto con los míos. Su lengua cálida entra en mi boca buscando lo que es suyo.

Recojo los botellines de la barra y vuelvo por el mismo camino donde estaba Emilio. Al llegar no está. Doy vueltas sobre mí mismo, buscándolo entre la gente. Unos metros más al fondo veo un hombre alto y rubio bailando. Decido acercarme hacia allí. Mientras voy sorteando a la gente comienza a sonar «Sé cuál es mi lugar» una canción country que define a la perfección todo lo que siento por Emilio. Al pasar por entre un grupo puedo ver una camisa burdeos con la espalda ancha y brazos fuertes abrazando a una mujer con el pelo rizado y pelirroja, ambos bailando muy pegados. Me quedo allí quieto escuchando la canción y aguantando los botellines. Los ojos me comienzan a escocer. Miro al techo para aguantar el ardor. Me acerco la cerveza a los labios y trago el líquido sin respirar.

Dejo caer los botellines. Los cristales de seguridad se deshacen en cientos de pedacitos cuadrados casi perfectos al contacto brusco con la pista de baile. Emilio se gira y me mira, pero ya me da igual. Doy media vuelta y camino entre la gente para salir de aquí. Necesito salir de aquí. La gente se amontona. No consigo llenar los pulmones. Camino hacia la puerta, pero está todo borroso. Caigo al suelo a pocos metros de la salida. Alguien me levanta del suelo con facilidad.

Me arrastra hasta el pasillo oscuro saliendo de la sala blanca. La línea intraauricular vuelve a activarse.

Los pulmones vuelven a llenarse. Los colores viven de nuevo y el rostro del hombre que me ha sacado de allí gana nitidez. Todo el ruido de mi cabeza se esfuma por completo.

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