El retrovisor refleja un paisaje a gran velocidad. Árboles frondosos, verdes de distintas tonalidades y una carretera de un solo sentido. Observo por mi ventanilla delantera. Los ojos se me abren desorbitados, el pecho aprieta el corazón sin dejarle latir. Poso la mano en el cristal y acerco el rostro hasta donde considero que estoy seguro, para poder ver más de cerca el vacío rocoso e interminable que se cierne bajo nosotros.
—Tranquilo, Mateo—escucho a mi lado—el vehículo sabe dónde vamos.
—Eso no me tranquiliza—respondo, aún con la mirada en el vacío.
En la pierna siento una presión junto a su calor corporal.
—Tranquilo, Mateo—vuelve a decir—estoy aquí, contigo.
Desvío la atención del precipicio hacia la presión en mi pierna. Una mano fuerte y venosa me aprieta con intención. Ahí está Emilio, sentado a mi lado, mirándome con esos ojos infinitos, brillantes y penetrantes.
—Nunca había hecho un viaje tan peligroso.
La mano que tengo en la ventanilla se separa despacio, la veo bajar, hasta que se posa sobre la suya. El contacto con su piel me hace reprimir un gemido.
—Venga, vamos… ¿a qué esperas, Mateo?
—¿A qué espero? —pregunto— ¿qué quieres decir, Emilio?
—Te estoy esperando.
Emilio está fuera del vehículo. En algún momento nos hemos parado. Empujo la puerta y salgo corriendo detrás de él.
—¡Espérame, Emilio!
Al oírme llamarlo, gira la cabeza y clava su mirada fría en mí.
—A ver si eres capaz de cogerme.
Nada más terminar la frase corre hacia las dunas de arena sin un claro final al horizonte.
Doy un respingo al verlo marchar y sin pensar voy detrás. Corro por la arena con todo mi esfuerzo, acortando distancia, acercándome a él.
—¿Estás a gusto, Mateo?
Abro los ojos y miro al cielo azul. Me recuerda la tranquilidad de la mirada de Emilio. El vasto y profundo azul que no puedes dejar de mirar, porque en el momento en el que lo haces, ya no la puedes apartar.
Su mano entra en mi visión y su dedo se apoya en mi frente. Despacio va siguiendo el contorno de mis cejas. Continúa perfilándome la nariz, pero su camino no acaba ahí. Baja su roce y me acaricia los labios. Su mirada también está fija en ellos. El dedo continúa su viaje hacia la barbilla, que fuerte y decido me empuja y fuerza a mostrar mi cuello tenso. Emilio acorta distancia, aún con la mirada fija en mis labios. Mi lengua asoma un instante y los humedece.
Siento su presencia detrás, me persigue y no me puedo dejar atrapar. Giro la cabeza mientras corro por la orilla. Su cuerpo está dorado e iluminado por los rayos del sol. El bañador rojo tan ceñido a su cuerpo me hace perder el equilibrio. Caigo de boca saboreando la insípida arena.
Emilio se detiene frente a mí, imponente. Sonríe. Se acerca aún más apoyando el pie en la arena, a escasos centímetros de mi entrepierna. No aparto la vista de la presión que ejerce en la arena. Cómo las venas contornean cada curva. Alarga la mano, prestándome su ayuda que acepto sin dudar. Los músculos del brazo se le contraen. Una fuerte presión y atracción hacia él me hace aullar.
Sus brazos me protegen y me regala el sonido rítmico y constante de su pecho.
—Mateo—susurra
—Dime
—Siempre he querido decirte—continúa—que te quie…
No consigo entender la última parte. El sonido de las olas del mar se ha tragado su voz.
—No te he escuchado bien—le digo—¿qué has dicho?
Su calor, su presencia y mi protección desaparecen. Giro sobre mí mismo, mis ojos buscan sin pausa algún rastro de Emilio. A lo lejos diviso su figura de espaldas a mí. Mi corazón corre más rápido que yo. Vamos a toda velocidad por las dunas de arena interminables, pero esa figura no la consigo alcanzar.
—¡Emilio! —grito— ¡EMILIO!
Se me encoge un segundo el corazón al verlo desaparecer. Corro hacia donde estaba la figura y observo cada duna en busca de Emilio.
Ya no está.
Una presencia conocida aparece por mi espalda. Una mano rápida agarra mi cuello y me estrangula. Levantándome del suelo hasta su altura.
—¿Me estabas buscando? —dice una voz familiar—, ten cuidado con lo que juegas, Mateo. Te puedes electrocutar.
Abro los ojos y ahí está, tumbado a mi lado, sonriéndome. Su mano acerca hasta mis labios. El pulgar presiona en ellos y los acaricia.
—Mateo, ¿estás bien?
—Sí, mejor que nunca.
—Mateo… ¡MATEO!
La voz de Emilio sale de su boca, pero lejana y entrecortada.
—Mateo… ¿me escuchas? —continúa diciendo su voz—vamos, Mateo, por favor… ¡DESPIERTA!
La mano de Emilio se posa urgente en mi hombro. Su rostro se desencaja, todo nuestro entorno vibra y se distorsiona. No consigo distinguir el rostro de Emilio.
—¿Mateo? —vuelve a decir su voz—venga, así… abre los ojos…
Me arden los ojos. Luces blancas y frías no me dejan ver más allá. Una silueta se mueve encima de mí. Siento cómo algo me presiona una mejilla, mientras que otra aprieta el hombro.
—Eh… Eh… Mateo, aquí… mírame.
La vista se va acostumbrando al entorno frío. La silueta se acaba definiendo en Emilio.
—¿Qué ha pasado, Mateo? —pregunta con un ligero temblor en la voz.
Miro fijamente a Emilio y siento como mis ojos se abren al recordar dónde estoy y qué he hecho.
Con sumo cuidado Emilio me reincorpora de mi lecho de hormigón. Repaso fugaz con la mirada y doy con el inyector del PIN sináptico, a poco más de un metro de nosotros, bajo la camilla.
—Eh, Mateo—insiste— ¿qué ha pasado?
Acerco la mano muy despacio hacia la nuca. Los dedos hurgan sobre la piel, como si no fuera mía. Remueven pequeños mechones de pelo, hasta que se detienen con el contacto frío. El PIN está conectado y yo sigo de una pieza.
— ¿Mateo? —dice, para llamar mi atención.
—Perdona… Emilio—me disculpo—no te preocupes, estoy bien.
No se me da bien mentir.
— ¡¿Qué estás bien?! —alza la voz—, pero ¿tú te has visto…?
—Es evidente que no—respondo— ¿me ayudas a levantarme?, por favor.
Acomoda la postura delante de mí, me sostiene con ambas manos en las axilas y me levanta del suelo con facilidad. Su brazo pasa por la espalda y me mantiene recto. Gira la cabeza hacia mí. Estamos muy cerca. Lo miro a los ojos.
—Eh… gra… gracias por la ayuda.
—De gracias nada—replica— ¿qué te hubiera pasado si no llego a venir a dar de comer a las gallinas?, y suerte que la puerta del garaje estaba abierta y la he visto.
No puedo contestarle. Tiene toda la razón.
—Venga, te llevaré dentro de casa y te darás una ducha que apestas a sudor.
—No tienes que molestarte, Emilio. Puedo hacerlo yo mismo.
Su mirada cambia. Se oscurece y frunce el entrecejo.
— ¿Ah, sí…?, Si estás tan seguro…
Su abrazo de protección se disipa. Su fuerza en mi espalda se apaga y mi cuerpo comienza el descenso de nuevo hacia mi antiguo lecho. Antes de caer al hormigón, su presencia vuelve y con intención para mi caída.
—¿Me dejas ayudarte? —pregunta, mientras sus ojos vuelven con llama intensa.
—Sí… ha quedado claro—acabo cediendo.
Sin necesidad de mucho esfuerzo, camino al lado de Emilio. Salimos juntos por la puerta del laboratorio y por la luz del día que me quema las retinas, puedo intuir que aún es por la mañana.
Subo agarrado del cuello fuerte de Emilio hasta la primera planta. Me acerca a la cama y con su ayuda consigo sentarme. Sin pedir permiso, abre mis armarios en busca de ropa de repuesto. Se gira, me mira y comienza a sacar prendas de vestir.
—¿Los calzoncillos los tienes en la cómoda? —pregunta sin mirarme—no los encuentro.
—¿Es necesario, Emilio? —respondo—ya… lo cojo yo.
Consigo ponerme en pie, pero la espalda aún me es imposible enderezar. A cada paso que doy se me humedecen los ojos de caminar por una alfombra de pinchos.
De nuevo sentado al borde de la cama y con la atención puesta en Emilio. Con las prendas en la mano, se mueve decidido de un armario a otro. Asiente con un pequeño gesto rápido. Se vuelve hacia mí, sus ojos brillan mientras los clava en mí.
—Venga, vamos a la ducha—dice—te sentará bien el agua caliente.
—Emilio, me duele todavía. No puedo mantenerme en pie. Será mejor…
—Para qué te piensas que estoy aquí—me corta—venga vamos.
—Espera, ¿cómo? ¿qué?... —pregunto con urgencia.
Me vuelve a pasar el brazo por la espalda. Me aferro a él y caminamos unos pocos metros, pero interminables.
—A ver, te he traído un taburete que tenías en tu despacho. Siéntate—ordena.
Me acomodo en el asiento y apoyo la espalda en la pared. El contacto de mi piel con la superficie fría provoca una intensa tirantez en la nuca. Acerco la mano temblorosa a la zona punzante. Con dos dedos recorro el pequeño contorno del PIN.
—¿Te encuentras bien? —pregunta Emilio.
—Sí, mucho mejor—respondo, retirando la mano del PIN.
Bajo la vista al suelo. Observo las líneas que unen las baldosas. Ninguna es igual.
—¿En qué piensas?
Al escuchar su voz, mis ojos lo buscan para encontrar su mirada fija en mí. Se acerca, arrodillándose y con ambas manos comienza a desabrocharme las deportivas. Ese contacto superficial en mis pies me acalora. Sube mi temperatura y me arde el rostro. Mientras, su mano sostiene mi tobillo y lo apoya en su regazo. Retira la zapatilla dejando ver mi pie indefenso. Repite el mismo proceso con el otro. Con ambos pies descalzos en las piernas de Emilio, sus manos cálidas y fuertes los aprietan. El calor que sentía en el rostro, ahora ardo yo. No hay rincón en mí que no sienta este calor.
—Vamos, Mateo. Ponte en pie, que te quito la ropa—creo escuchar.
Con su ayuda y apoyado contra la pared del baño, Emilio me baja los pantalones del chándal. Mis ojos rápidos, se posan en el techo. Mis manos, contra la pared. Esto no puede estar pasando.
La ropa interior se desliza lenta y suave hacia el suelo. Ese instante me corta el aire. Mis ojos se cierran esperando no ver nada. Su mano posa en el hombro y toda mi piel que contacto con ella se agarra y no la quiere soltar.
—Venga, vergonzoso que no ha sido para tanto—dice Emilio.
—¿Eh?... no, si… yo… bien—balbuceo
—Sí, muy coherente tu discurso—se ríe de mí—y ahora te preparo la ducha caliente.
Entra en la ducha, configura el selector de flujo caliente y marca la temperatura. El agua cae fuerte y caliente. El vaho comienza a invadir el espacio. Mis pulmones lo agradecen. Emilio me levanta. Me deja bajo el chorro de agua caliente, que recorre todo mi cuerpo. Su protección desaparece. Mis ojos se abren de golpe y lo buscan. Emilio está retirado, mirándome fijamente. Sus ojos bajan despacio recorriendo todo mi cuerpo. Su mirada se vuelve oscura. No brilla tal y como la conozco. Sus ojos parpadean, un micro gesto en las cejas hace que sus ojos vuelvan a los míos. El brillo azul retoma fuerza y sonríe.
—¿A que… ahora estás mejor?
Inclino la cabeza mientras miro a Emilio.
—Sí, ahora ya no me duelen las piernas—respondo.
—Así me gusta. Si necesitas algo me avisas. Voy a la cocina para hacer café y algo de desayunar.
—No hace falta, Emilio, de verdad.
Se gira y me da la espalda, pero antes de marcharse vuelve la cara y de reojo me mira.
—Por cierto, date fuerte que hueles hasta aquí.
Mis manos se paran en seco mientras me enjabonaba el torso. El agua se divierte golpeando mi rostro congelado, colándose por la comisura de los labios y saltando desde las cejas. Los párpados no le resisten la mirada de Emilio. Un hormigueo me sube por las mejillas.
—¡Jajaja! —ríe.
Desaparece del umbral de la puerta y el sufrir de los peldaños me confirman su ausencia.
La ducha me ha sentado mejor de lo que esperaba. Mi cuerpo responde a mi intención. Frente al espejo, toalla en mano, voy secándome el cuerpo. El reflejo de quien soy me muestra la dureza de esta última semana, pero esto, acaba de empezar.
Vestido con unos tejanos y una camisa que Emilio decidió para mí, sigo el rastro de olor a café. Al entrar en la cocina, Emilio está llevando las tazas humeantes a la mesa. Allí, ya preparadas, unas tostadas con mermelada y dos vasos de zumo de naranja.
—¿Tienes hambre?
—Diría más bien famélico—le respondo.
—Eso es bueno—dice, sentándose en la silla—así podré irme a trabajar más tranquilo.
Su respuesta me golpea en el estómago y me quita el apetito.
—Ahora que ya estamos más tranquilos. ¿Me vas a explicar qué ha pasado y por qué te he encontrado tirado en el suelo inconsciente?
—Emilio es… complicado. Difícil de entender—intento explicar.
—Ah, claro—dice elevando el entrecejo—demasiado complicado para un carpintero…
—No he querido decir eso—me excuso—no es que sea difícil de entender. Es difícil…para mí.
Se levanta, los cubiertos los acomoda en el plato de porcelana y se los lleva al lavavajillas. Se da media vuelta apoyándose en la máquina, cruzado de brazos y me observa con determinación.
—Mateo—su voz cobra dureza—entiendo que debe ser algo que no quieres explicar.
—Lo…siento—respondo bajando la mirada al plato.
—No te preocupes—su voz tierna vuelve—haré una cosa. Desvinculo la línea intrauricular personal. Bloqueo cualquier llamada y sólo permitiré peticiones tuyas a esa línea. Si hay cualquier problema, no dudes en llamar. ¿de acuerdo?
Dejo escapar un bufido por la nariz mientras mis labios se tensan.
—¡Eeeh! ¡No me lo puedo creer! ¡Te he visto sonreír!
No puedo resistirme a su bravuconería y me regalo a mí también una carcajada que hacía tiempo que no me permitía.
Secándome una lágrima, lo miro sin pestañear.
—Gracias, Emilio.
Se acerca, se posiciona detrás de mí. El peso de su mano acaba en mi hombro.
—Para eso estoy, Mateo.
Y con esa respuesta, su mano va moviéndose lenta, apartándose de mi hombro. Su peso va desapareciendo, pero no de golpe. Un sonido me viene por detrás, los pasos firmes de Emilio alejándose de mí.
—¿Te vas? —pregunto, intentando tragar.
—Sí, se está poniendo de moda otra vez los muebles de madera maciza y tengo muchos encargos.
—Va…Vale.
—Mateo—, enfatiza—cualquier cosa, llámame ¿vale?
—Descuida, Emilio.
Un chirrido metálico junto a una puerta cerrándose llega a lo más profundo de mi ser y lo que más me duele, es dejarle marchar.
Continúo mirando la puerta cerrada, esperando que en algún momento se vuelva abrir. Mi cuerpo cae recostado en la mesa, la cabeza protegida por los brazos mirando la madera.
—Esta mesa… la hiciste tú.
La nuez no baja desde que suelto la frase. El cuello me lo impide.
—No puedo…
Al levantarme, la silla cae contra el suelo. Un estruendo sordo recorre toda la cocina. Me encojo de hombros y aprieto la mandíbula con fuerza. Miro fijamente la silla tirada en el suelo. Ahora, el entrecejo acompaña a la mandíbula.
Rodeo la silla con la vista puesta en ella y sin apartarla, doy media vuelta y la dejo allí.
Atravieso la puerta del laboratorio cerrando con un golpe seco. Voy directo donde vi el inyector bajo la camilla. Recojo los trozos de mi taza de la suerte.
—Así me está yendo…
Satisfecho con el orden ya establecido en el laboratorio, observo el núcleo central. Las luces azules de los discos líquidos girando. Los ventiladores respirando a toda velocidad. Me acerco al amasijo de hierro y con la palma extendida a pocos centímetros de la pantalla, atraigo los datos con un gesto hacia mí.
Absorto en la compleja decisión de Fénix en adaptarse al TRH08, busco por los logs alguna pista del por qué.
—¿Necesita que le busque un proceso en particular? —dice una voz grave, masculina y familiar.
Al escuchar la voz, me llevo la mano al pecho y se me abren los ojos fijos en la pantalla.
—¡Joder! Qué susto me has dado—grito, dando un pequeño salto.
—Le pido mis más sinceras disculpas por haberle agraviado y atemorizado—se disculpa Fénix— ¿necesita que le busque un proceso en particular?
—Sí—respondo, yendo despacio hacia la silla del ordenador de estudio—necesitaría que buscaras, estructuraras y resumieras el por qué tomaste la decisión de adaptarte a la estructura del Arquitecto Sináptico TRH08 y no al revés.
—Por supuesto—responde.
Llego a la silla del fondo del laboratorio junto a las pizarras. Me siento, giro el cuerpo con la ayuda de los pies y espero la respuesta de Fénix.
—Fénix, sigo esperando tu respuesta—pregunto después de esperar minutos en silencio.
—Por supuesto, la petición que ha solicitado se considera información clasificada. Sólo accesible para ingenieros técnicos autorizados por el departamento de neurociencia aplicada del INNA. ¿Quiere que rellene una petición de autorización?
—Soy el Dr. Saavedra. Director del proyecto de neurociencia aplicada del INNA. Tengo más que autorización para acceder a los datos clasificados.
—Le pido mis más sinceras disculpas Dr. Saavedra. He confirmado su identidad con la base de datos gracias a la conexión PIN sináptica.
«Recopilando información considerada clasificada»
«Estructurando información por petición del Dr. Saavedra»
«Realizando resumen de toda la información»
—El análisis de la inmensidad de datos que se proporcionaron del llamado TRH08 de la organización gubernamental INNA, se predijo que el mayor acierto hacia la petición de la absorción por parte de la IA Fénix hacia el TRH08 fue la adaptabilidad de su estructura, su capacidad de aprendizaje y pensamiento. Además, su proceso teórico de reconocer, entender, captar, reestructurar e implantar el eco de la consciencia del paciente es único. Preservar los procesos complejos del TRH08 es la lógica pura. Eliminarla absorbiéndola hubiera sido devastador.
—Visto desde la lógica tienes toda la razón—respondo ladeando la cabeza—, pero no te programé para que pudieras decidir por ti.
«Revisando configuración inicial impuesta»
—La configuración inicial programada por el Dr. Saavedra no especifica bajo ningún parámetro negativo o prohibitivo establecido en la toma de decisiones.
Me recuesto en el respaldo de la silla. La cabeza dejo apoyada en el cojín, con cuidado de no tocar el PIN. La vista puesta en los cables alineados que pasan por el techo.
—Ahora va a resultar que mi equivocación ha salvado la absorción del Arquitecto—susurro desinflándome en un suspiro largo y cerrando los párpados.
Me reincorporo en la silla.
—Fénix, establece una nota en el calendario para mañana; Repasar configuración inicial de Fénix.
«Anotación en curso»
—Tiene programada la nota para el viernes 05 de mayo de 2056. ¿Se requiere una hora especifica?
Al pronunciar Fénix el viernes 05 de mayo me viene a la mente la cita con Emilio para cenar en el Oliva, pero la duda se instala de seguido, después de lo ocurrido en el laboratorio quizá no tenga intención de continuar. Aunque, después del despertar en el suelo con su ayuda y su dedicación durante la mañana, es posible que no lo tenga en cuenta.
Repasando los acontecimientos sufridos durante el día junto a Emilio, el recuerdo de sus manos en mis pies. Su mirada mientras estaba bajo el agua me dejan sin respiración. El pecho arde. Cierro los ojos.
—Se ha detectado nuevas anomalías arrítmicas confusas—dice Fénix.
—¿Cómo que anomalías arrítmicas? —pregunto con urgencia.
—El paciente Dr Saavedra ha sufrido variaciones en la frecuencia cardíaca prolongadas durante horas. Sería conveniente que se tumbe en la camilla y le haga un escaneo para detectar problemas cardio vasculares.
La mirada perdida, puesta en la pantalla del núcleo y mostrando una separación en mis labios.
—¿Desde cuando has comenzado a recopilar datos de mí? —pregunto, poniéndome de pie y acercándome al núcleo.
«Inicio de recopilación de datos de paciente»
—El informe médico del paciente data del 2056-05-03 22:33:27.989—responde—primera variación HR: 74 a 96 bpm. Alteración moderada. Segunda variación HR: 86 a 128 bpm. Alteración alta. Debe ser estudiada. Tercera varia…
—¡Vale, Vale! —grito—no hace falta que me recites todas las alteraciones que he tenido durante el día.
—Las muestras de información que se le ha entregado sólo pertenecen a una franja de cuatro horas posteriores al inicio de recopilación de datos. Le siguen siete alteraciones más durante la vigilia.
Las palabras de Fénix se me clavan en la nuca. El PIN cobra peso allá donde está. Desde el momento en que me conecté a Fénix ha estado anotando todo lo que he sentido, incluso ese sueño tan extraño en el que estaba Emilio que me perseguía y se reía de mí. O, tumbado a mi lado me acariciaba los labios.
—Nueva alteración anotada. Se ha obtenido patrón neurológico. La alteración de la frecuencia cardiaca es recurrente con activaciones del Hipotálamo, Hipocampo y la segregación de Dopamina y Oxitocina. Se descarta problemas previos de insuficiencia cardio vasculares.
—¿Qué más puede pasar hoy…?
«Probabilidades»
—Hay una probabilidad del 11% de viento fuerte con posibles chubascos—dice, sin que nadie se lo haya preguntado.
—¿¡Es que no puedes callarte!?—no puedo reprimirme—¡No te he creado para que me controles!, ¡Te he creado para que me ayudes!
Las piernas tiemblan. El peso de mi cuerpo aumenta. Caigo de nuevo al suelo con las manos apretándome los ojos.
—Te he creado para que me protejas…—susurro, mientras gotas saltan de mis labios—para que no permitas que me ocurra nada malo…
«Directiva establecida»
«Sistema de alineación para preservación de sujeto: Mateo Saavedra»