Abro los ojos y las sombras están ahí, en los rincones de cada aparato, mirándome en alerta por lo que he activado. Al enderezarme en la camilla un dolor punzante me recorre desde las cervicales a la cadera.
—Joder, me he quedado dormido. Dios, me duele todo—digo para mí—¿qué hora debe ser?
Bajo los pies al suelo. El contacto con el hormigón me despierta al instante.
—Pero ¿en qué momento me descalcé?
Con el frío acompañándome y abrazándome los pies, me acerco al ordenador central para ver cómo va el proceso de acoplamiento entre TRH08 y Fénix.
La barra indica que está cerca del ochenta por ciento del proceso, lo que me da tiempo para poder adecentarme.
Salgo del garaje y la luz de primera hora comienza a asomar por el horizonte. Avanzo con la intención de entrar en casa, pero al dar unos pasos más me detengo. Mi atención se centra instintivamente en el suelo del exterior. Piedras pequeñas con aristas, arena marrón húmeda, hierba verde y brillante del rocío me recuerdan que he salido del laboratorio sin ponerme nada en los pies. Los miro, muevo los dedos y los hundo un poco entre la arena y arranco tallos de hierba con ellos. Una sonrisa se me escapa al verme en estas condiciones.
Al entrar por la puerta principal de casa, no me detengo y voy con las ideas claras. No dispongo de mucho tiempo porque Fénix no tardará en acoplarse, así que subo las escaleras sin demora. Entro en mi habitación y enfrente está la cómoda donde siempre dejo, delante del marco, el collar de oro con la pluma. La imagen de mi madre sonriendo es siempre lo primero que veo al entrar y me recuerda la razón de mi investigación.
—Te fuiste demasiado pronto, pero sé que podré dar con la solución, mamá—le digo cogiendo el marco—Fénix podría haber sido tu salvación…
Estiro de la camiseta blanca que llevo puesta hasta que consigo sacar la cabeza, la piel de mi torso se contrae al descubrirse indefensa ante el contacto frío que habita en mi dormitorio. Desabrocho el botón del pantalón y lo deslizo entre mis piernas, levanto los pies sucios librándome de la carga material adherida al cuerpo. Entro al baño y como es habitual en mi ritual, me detengo ante el espejo para ver mi cuerpo en tensión, desnudo, con el sudor seco de la pasada noche. La piel me brilla y el vello del pecho, del abdomen y de las piernas se me ha quedado pegado al cuerpo, y durante un instante me invade una sensación incómoda al recordar el por qué he pasado la noche en la camilla del laboratorio.
Con el cuerpo relajado por la lluvia de agua caliente y vaho, y ya con la ropa limpia, comienzo a descender por las escaleras hacia la cocina, pero algo me hace detenerme en seco. Un ruido cercano que no consigo identificar me petrifica, quieto durante una eternidad esperando el momento en el que algo o alguien salga del acecho y me asalte. Mis sentidos se agudizan y se expanden orientándose hacia la puerta principal y la cocina. Sin previo aviso, saliendo de su acecho ese mismo sonido me eriza la piel y me engarrota los dedos de los pies, pero esta vez he sido más rápido y lo ubico de donde proviene. Dirijo una mano a mi vientre y la apoyo notando la musculatura tensa. Vibra y cosquillea el contorno de mis dedos al volver a rugir las tripas, porque no he comido nada desde que Emilio se fue.
—Me estoy volviendo paranoico.
Al entrar en la cocina y pasar por delante del pequeño sofá encuentro el mando a distancia entre los cojines, así que decido encender la vieja televisión y pongo el canal de noticias mientras me acerco al fondo de la cocina para abrir el frigorífico y escoger de mala gana cualquier cosa que pueda alimentarme antes de volver al laboratorio.
La cafetera me grita a su forma que ya tiene el café preparado. La observo cómo el vapor sale por el filtro y el aroma amargo me invade, pero mi ánimo no me deja disfrutar en estas condiciones.
—La colonia Shepart B3, asentada en Mare Nostrum, ha demostrado una enorme adaptabilidad—dice el informativo de las noticias—se espera que el último trimestre del año o a más tardar el primer trimestre de 2057 salga otra lanzadera hacia esa región de la luna.
Con el café en la mesa y sin prestar gran atención a las noticias, hago el esfuerzo de comerme las tostadas de pan integral con un chorrito de aceite que, en boca, después de saborear, tiene un final picante que despierta el paladar y le da sentido.
Sin más quejas y con el estómago tranquilo, veo en el reloj de cuerda de mi madre que ha pasado una hora desde que salí del laboratorio, así que deduzco que no debe quedarle mucho más al acoplamiento.
Una nueva taza de café humeante en la mano y un arquitecto sináptico esperando ser activado me empujan a salir por la puerta lateral de la cocina. En el exterior, me golpea la brisa mañanera de camino hacia el laboratorio y al final del camino de tierra que da al gallinero las veo a ellas, felices en su tarea de picotear el suelo.
—Emilio ha estado aquí dándoles de comer.
Ese nombre me retumba en el pecho al pronunciarlo.
Sin querer darle más importancia, la mano agarra el paño de la puerta y con un gesto decidido la abre, dando acceso al laboratorio para adentrarme a la fría luz artificial, al sonido incesante y perturbador que me llama y me espera en el interior.
Observo que todo está tal cual lo dejé antes de salir. Nada se ha movido, ni nadie ha entrado en mi ausencia y eso aún es más inquietante.
Arrastro los pies mientras ojeo las diferentes zonas del recinto, porque dentro de mí aún hay un vaivén que me mantiene alerta.
A un lado, la zona médica con el interfaz neuronal y el sensor EEG. Al fondo, el ordenador central sigue encendido, haciendo ese ruido mientras trabaja en el acople. En las paredes siguen las pizarras, llenas de apuntes que he ido anotando, pero mi atención recae en la caja BXTRH. Está allí, presente en el escritorio y esperando a que me acerque a ella.
En medio de la sala me detengo junto al núcleo central que contiene a Fénix. Paso la mano por el teclado y las yemas siguen las distintas formas y hendiduras. El rumbo y destino de mis dedos no se detienen ante una estructura metálica sino ante la pantalla táctil que da acceso a mi creación. Con movimientos firmes, decididos y bien estudiados accedo a la configuración y pulso el botón de Iniciar sistemas de comprobación.
En la pantalla aparece el logo de Fénix. Hace años que dibujé esas alas mientras creaba la IA.
El leve descanso del zumbido en mis oídos me hace centrar mi atención hacia el ordenador de estudio, al fondo, donde están las pizarras. Los ventiladores descansan, el sonido se ha detenido, así que el proceso de fusión entre TRH08 y Fénix se ha completado.
El laboratorio me observa con presión que ni la propia gravedad es capaz de igualar.
Tecleo en el núcleo para revisar que todo está conectado y que no habrá imprevistos de última hora.
—Sensores auditivos conectados—comienzo a decir—Perfecto, la entrada de frecuencias está estable.
—Sensores visuales conectados.
Repaso el laboratorio en busca de las cámaras.
—Correcto, los sensores de captura de imagen están activos. Tendrá acceso al interior y exterior del recinto con el sensor térmico y visión nocturna.
—El motor de síntesis de voz está activo. Solo quedará probar, una vez se active, la interpretación y, si hace falta, calibrarla.
Dejando el núcleo central a un lado, voy acercándome a la BXTRH.
—Vamos a ver qué tal te ha ido con el acoplamiento del arquitecto sináptico y si lo has estructurado bien en tus parámetros.
Separo la silla del escritorio para poder tomar asiento. En el teclado indico la raíz de los logs donde Fénix ha debido dejar constancia de todo el proceso de adaptación a su código para acoplar el TRH08.
Acerco la mano a la pantalla para ampliar el texto. Algo no ha ido bien en el proceso. Deslizo los dedos hacia arriba para bajar el texto, pero los datos no son concluyentes. Vuelvo a bajar los dedos para subir el texto, pero los datos no pueden estar bien. Busco el final del log en el cual indica algo que no habría esperado encontrar.
—Pero… ¿por qué? —me pregunto con la mirada fija en la pantalla.
La teoría del arquitecto sináptico es convertirse en una herramienta que una IA utiliza para reorganizar y reparar el daño cerebral, pero no estaba programada para que una IA reconfigurara la herramienta, la perfeccionara y se convirtiera en un arquitecto sináptico.
—¿Qué has visto en TRH08 para adaptarte a él y no al revés?
Por mucho que mire los logs no voy a encontrar ninguna respuesta si no es el propio Fénix el que me diga por qué ha decidido convertirse en un Arquitecto en vez de haberlo absorbido.
Desconecto la caja BXTRH que ya se encuentra vacía de la torre y con la caja en las manos busco por el laboratorio un lugar en el cual pueda dejarla fuera de la vista de cualquier visita no deseada. Me quedo observando un rincón oscuro en lo alto de la estantería de la zona de estudio. Allí es perfecto, está en la otra punta del laboratorio, sólo hay libros de neurociencia, inteligencia artificial y un portátil en la mesa. Acerco una pequeña escalera de mano que hay por detrás de la mesa de trabajo para poder subir los tres peldaños y colocar la caja en la parte más alta de la estantería. Puesta en la zona más oscura es muy difícil de ver, aunque sobresale de la balda porque es más ancha. Al bajar de los escalones, me agarro a la estantería como apoyo para no perder el equilibrio, pero al hacerlo, la estructura de madera vence y resbalo del último escalón dándome en la espinilla con el peldaño. Con ambas manos aguantando la estructura para que no se venga abajo, pongo a prueba los meses de entrenamiento y mis músculos responden enderezando la librería.
—Joder, un poco más y se me cae encima—me digo a mí mismo—tengo que empezar a cambiar estos muebles tan viejos.
Dejando atrás la estantería, me dirijo al núcleo central.
Me hallo delante del núcleo que contiene al último Arquitecto Sináptico sin poder dar un paso más allá. Sin poder llenar los pulmones completamente. Absorto en la pantalla que muestra el logo que con tanta ilusión hice años atrás, pero ha llegado el momento y no soy capaz de mover un centímetro de mi cuerpo.
Mis ojos van y vienen. Mis oídos solo escuchan cómo trago saliva. Mis manos no paran quietas. En cualquier momento, mis pies no soportarán el peso del cuerpo.
—Cielo, tienes que ser valiente—recuerdo una frase que me decía mi madre—nadie lo hará por ti.
El logo de Fénix se oscurece en el momento en el que cierro los ojos. La respiración comienza a ser paulatina, pero hincho los pulmones de aire que anhelaban. Mis dedos comienzan a ceder a mi intención, mis puños se cierran y dejan de temblar. Vuelve Fénix conforme mis párpados lo dejan pasar. Lento pero decidido, acerco la mano a la pantalla donde me espera mi creación.
Aún con la mano un poco temblorosa, abro la palma y el mensaje aparece.
«Se va a activar el modelo de inteligencia artificial Fénix»
Sé que el mensaje está ahí, pero no me doy tiempo a leer.
Pulso
«Confirmar»
Un sonido crepitante sale del núcleo central. Los ventiladores giran a máxima potencia junto a los discos de memoria líquidos, pero poco después del inicio de Fénix, el sistema vuelve a sumirse en silencio.
—Se requiere conexión con la corona EEG del paciente para iniciar el proceso de activación.
La taza de la suerte se estrella contra el suelo de hormigón generando incontables piezas de un puzle.
—¡¿Es que todo me tiene que pasar a mí?! —grito de rabia—¡¿De dónde coño saco un paciente!?
Desde los sistemas de audio de la torre central una voz mecánica y vacía de vida solicita seguir el procedimiento habitual de un arquitecto sináptico en su primera activación.
Pasando por encima de la loza hecha añicos, me dirijo directo hacia la camilla donde tengo la corona EEG. Enciendo la máquina que controla la herramienta solicitada por Fénix e introduzco la clavija de la corona y paso el cable del escáner hacia el rack que está en la zona de enfermería que conecta directamente con el núcleo.
Con ambas manos elevo la corona hasta la altura de mis ojos. La observo por todos sus ángulos. Todos y cada uno de sus sensores.
—No puedo. No es buena idea. Esto no va a acabar aquí…
La corona vuelve a su sitio y dando tres zancadas rápidas abro la puerta del laboratorio y salgo.
Con las manos en el pecho me repito a mí mismo: respira… respira… respira… me flaquean las piernas y caigo al suelo tumbándome entre césped y arena.
Ahora todo es azul celeste con manchas blancas que se van moviendo a voluntad. Pequeñas aves vuelan juntas por encima de mí, sin importarles que esté allí apagándome con esta presión en el pecho que no me permite tomar aliento. Mi visión comienza a difuminarse. Hasta aquí he llegado. La presión en el pecho cada vez es más fuerte, hasta que siento como gotas húmedas acarician rápidamente mi sien y acaban cayendo una tras otra sobre la tierra.
No las detengo. Las dejo marchar. Esta vez no las reprimo más y en ese momento el aire quiso volver a mí. Abro la boca y aspiro con ansia bocanadas de lo que casi había perdido ya. Sin ningún tipo de complejo, continúo llorándole al cielo hasta que el sol deja de calentar y también me quiere dejar.
El cuerpo me pesa más de la cuenta o soy yo el que no es capaz de moverlo con facilidad, pero hago el esfuerzo de ponerme de rodillas y gatear un par de metros hasta el umbral del garaje y con su ayuda consigo ponerme en pie.
Con cuidado de apoyar el pie y dejar caer el peso poco a poco, consigo llegar hasta la camilla donde me aguarda la corona. La vuelvo a levantar, pero esta vez la observo diferente y con ella en las manos me tumbo en la camilla y la coloco en mi cabeza.
Tanteando la caja del escáner encuentro el botón para comenzar el escaneo del encefalograma para que Fénix comience con su paciente. La única diferencia es que este paciente está consciente y con vida eléctrica.
Las luces de los electrodos en la corona empiezan a parpadear.
—Conexión establecida con el paciente—suena desde el núcleo central—escáner detectando actividad eléctrica cerebral. Procesando información…
No debería estar pensando en este estado inmóvil. El EEG lo usamos en pacientes en estado vegetativo: detectar la amplitud del daño, comprobar que no haya actividad, confirmar la muerte cerebral. Así el arquitecto sináptico evalúa cómo reorganizar y revertir el daño.
Pero en un paciente sin daño y con actividad cerebral… no están programados para esto.
Esto no va a salir bien.
—No se han encontrado cambios en el estado de consciencia ni daños cerebrales—dice Fénix—Se requiere Módulo PIN de anclaje sináptico suboccipital para flujo de actividad cerebral antes de continuar.
Esta era la parte que no quería que llegara. Para que Fénix se active en firme requiere de una conexión mediante un PIN conectado en la nuca. En un paciente sin actividad cerebral no hay problema, porque los arquitectos escanean sin necesidad de pedir permiso al sujeto, pero llegados a este punto si me conecto el PIN para que por fin Fénix renazca de sus cenizas, estará conectado a mí y podrá detectar cualquier alteración en mi cerebro. Todo esto es una suposición, pues no está estudiado ni se ha comprobado con pacientes que no estuvieran en estado vegetativo.
Si hago esto ya no habrá vuelta atrás. Si mi suposición es acertada, Fénix y yo seremos un solo ser. Él, código en la oscuridad, y yo el pulso.
Me levanto de la camilla y me acerco a los cajones de los armarios de la enfermería. En uno de los cajones encuentro el estuche que contiene un PIN. Se escucha el sonido sordo al abrirse la caja y mientras retiro la tapa se comienza a ver la aguja que ha de ir clavada en la nuca. Al descubrir el PIN mis hombros caen y con ellos las manos chocan con la parte superior del mueble. El conector sale del estuche y con gracia rebota y acaba a pocos centímetros de mi mano. Lo veo ahí, cerca de mí, pero no puedo evitar cerrar los ojos. Mis dedos caminan por la madera en su busca. Al contactar con el metal frío, los dedos lo presionan y palpan la longitud de la aguja.
Un resoplido sale de mí, como si quisiera deshincharme. Con el artefacto puntiagudo entre los dedos, abro los ojos y lo observo.
La mano que no lo sostiene busca en el cajón la pistola que hará el trabajo sucio y me fusionará con él. Coloco el PIN en el interior de la pistola, inyecto la carga de presión necesaria para que el conector penetre la carne y se adhiera a mí.
Este proceso no es nada habitual hacérselo a uno mismo. Es más, si no coloco la salida del PIN entre la primera vértebra C1 y la base del cráneo podría provocarme una lesión muy grave, pero no tengo a nadie más a quien recurrir.
Con un cuidado quirúrgico, me voy palpando con los dedos el occipital y el hueco entre la vértebra Atlas.
Coloco el cañón de la pistola en posición horizontal justo en el punto que he marcado con los dedos. Aguanto la respiración y paso el dedo por el gatillo. Cierro los ojos para no ver, para no sentir, para no querer pasar por esto, pero aún así aprieto el gatillo y un sonido viscoso y sordo me llega a los oídos.
—¡¡¡AAAAAAARGGH!!!
Mis manos pierden el color rosado de mi piel mientras se agarran a la camilla. Mis dientes rechinan con fuerza.
Desconozco el tiempo que ha pasado hasta que el dolor ha remitido.
—Detectado flujo constante y conexión sináptica. Se requiere proceder a fase de convergencia neural. ¿Activar protocolo?
No me va a gustar nada lo que viene ahora.
—Fénix, activo protocolo—le respondo casi susurrando.
—Por temas de seguridad retírense del paciente para no recibir ninguna descarga.
—¿¿Descarga…?? —intento preguntar.
Los dedos de los pies se abren en abanico. Mis manos se cierran y tiemblan sin parar. La espalda se arquea dejando un hueco sin tocar con la camilla. Mis ojos se dan la vuelta y mis oídos reciben constantes sonidos eléctricos. Vibraciones que se adentran en mi cabeza. Miles de picaduras de insectos en el cuero cabelludo, pero soy incapaz de mover un solo dedo. Hasta que llega el oscuro vacío y con él dejo de sentir o de vivir.