Abro los ojos con la atención fija en el techo. La lámpara de mimbre sigue ahí, igual que cada mañana. Sin moverme, repaso la habitación en la que me encuentro. Me cuesta situarme y reconocer que es mi propia habitación en la que despierto a diario.
Al observar el horizonte por la ventana, reconozco las montañas, el espesor verde de las copas de los árboles. Ahora sí, estoy a salvo en casa.
Un hormigueo en el pecho me desvela de mis pensamientos. Un rayo de luz que entra por la ventana me baña el pecho y su calidez alimenta mi piel.
Durante unos días estaré de vacaciones y no tengo obligaciones laborales, pero sé que no puedo relajarme tanto como me gustaría, porque sobre mis hombros pesa el robo de TRH08.
Me siento en la cama poniendo los pies desnudos en el suelo. Al contacto, el frío traspasa la piel y hace que todo mi cuerpo tiemble y se erice.
Tras ponerme en pie, solo puedo pensar en una ducha caliente. Así que, sin pensarlo más, entro en el baño. Delante del espejo comienzo a sacarme la ropa que llevo encima. Hasta ahora no me había dado cuenta de que estaba empapada de sudor. Una vez completamente desnudo, me miro al espejo sin intención de juzgarme, pero no puedo evitar fijarme en la serie de cambios progresivos que he ido teniendo con la rutina.
Me paso la mano por el pelo castaño oscuro. Bajo hacia la barba de tres días, pero bien cuidada y perfilada. El cuello tenso, marcado y fuerte.
El sonido del agua corriendo en la ducha y el vaho que comienza a empañar el espejo hacen que deje de observarme y pueda disfrutar de un momento de calma. Un momento para mí solo. Porque por mucho que quiera evitar el momento, por mucho que quiera no pensar en ello, es algo inevitable, pero ahora mismo, lo inevitable es sentir el agua correr por mi cuerpo. Abrazado por la calma y el silencio de mi mente. Disfruto cada segundo que el agua caliente me acaricia el rostro, baja hacia mi vientre y sin disculparse roza mi entrepierna.
Satisfecho, salgo de la ducha con la toalla en la mano. Suave, esponjosa y con ese toque de olor a limpio que cada mañana me embriaga.
Como no he de ir al laboratorio, me pongo un pantalón de chándal de algodón, ceñido al cuerpo. Busco la camiseta blanca que pensaba que había cogido. Me la habré dejado en la habitación, encima de la cama. Salgo del baño en dirección de vuelta a mi dormitorio. Al pasar el umbral la veo, allí encima de la cama.
—¡Vaya cabeza!
Me pongo la camiseta bien ceñida al cuerpo y al sacar la cabeza por el agujero me fijo en la mesita de noche. La pluma de oro. Con sumo cuidado la cojo con los dedos y al estirar de ella el collar se desliza por la mesita hasta caer y golpearme la mano. Abro el broche y me lo cuelgo al cuello.
—Hoy te necesito más que nunca, mamá—le digo con la mano en el pecho.
Bajo las escaleras con el olor a café recién hecho rondándome la cabeza; es más una necesidad que el olor real. En la cocina no puedo esperar a buscar mi taza de la buena suerte. Esa taza de color amarillo con unos puntos como ojos, pero son tan simples y vivos que decidí que esta sería mi taza de la suerte.
Mientras se caliente el café y la leche en el microondas, me acerco a la ventana. Hoy no he escuchado a Emilio y siento ese hueco en el pecho. Es una ausencia que me pide llenar. Repaso el gallinero a lo lejos, pero no, él no está allí.
El pitido del microondas me sobresalta y vuelvo a mi consciencia. Con el café en la mano y satisfecho con mis rituales matutinos cumplidos, ya no puedo posponer más tiempo lo que estoy intentando de cualquier manera negarme a hacer, pero ya es demasiado tarde.
Salgo por la puerta de la cocina en dirección a la puerta del garaje. Miro el paño y recuerdo el día anterior. La tarde anterior. Al poner la mano y agarrarlo con fuerza, abro la puerta dando paso a la mañana, colándose junto a mí y rellenando todo espacio, dándole vida cálida donde sólo había metal, cable y un laboratorio personal que he ido montando durante años mientras estaba con el proyecto de los Arquitectos Sinápticos. Antes de que el INNA se dejara engañar por el gobierno, o más bien, me intentaran engañar a mí, pero ahora soy yo quien tiene a TRH08 y sin mí no son capaces de completar el proyecto.
Nunca pensé que le iba a dar este uso, pero, si reviso todo lo que he ido construyendo hasta el momento, intuyo que esto estaba destinado a suceder y no pienso parar ahora.
Cierro la puerta del garaje. Enciendo las luces auxiliares y el ambiente adopta de inmediato un tono frío, de laboratorio.
Nada más entrar por la puerta a mi izquierda están las torres de switches, GPUs, ventiladores y cables que salen hacia el techo para alimentar el resto de las máquinas.
Me acerco al cuadro de luces y subo el diferencial para darle corriente a las torres. Luces azules, verdes y rojas comienzan a bailar. Es hermoso y a su vez me recuerda lo peligroso que es.
Sigo con la mirada los cables que salen hacia el techo y cómo se dirigen al centro del laboratorio. Allí, gran parte cae hacia el suelo para alimentar el núcleo central. Aquí es donde estuve gran parte de estos años creando, configurando y alimentando a Fénix, un prototipo de Arquitecto Sináptico con estructura neuronal que, junto a la versión definitiva de TRH08, podré completar. La IA definitiva, capaz de culminar con éxito el proyecto y salvar las vidas que no fuimos capaces de salvar años atrás.
Instintivamente mis ojos buscan el lugar donde ayer escondí la BXTRH con la copia del Arquitecto. Allí, al fondo del laboratorio, sobre la mesa de trabajo, está la caja negra, mate con perfiles que le dan un aspecto que bien podría haberse construido en otro planeta.
Me acerco, la sostengo en mis manos y me giro a la derecha. Hacia la mesa de observaciones. Aquí podré conectarla al ordenador y revisar la configuración del Arquitecto. Si la copia que hice es correcta, entonces tengo mucho trabajo por delante.
Me siento en la silla y coloco la BXTRH junto a la torre. Conecto la caja negra con cuidado de no dañarla. En cuanto el conector entra en la clavija un mensaje emerge en la pantalla.
“Un dispositivo BXTRH quiere acoplarse a su unidad central FÉNIX. Aceptar/Denegar”
El mensaje está ahí, pero no lo estoy leyendo. Aún estoy digiriendo las palabras Aceptar o Denegar. Me golpean en el pecho con tanta fuerza, de forma tan constante, que no puedo pensar. Algo irónico para un científico especializado en interfaz neuronal. El mismo que diseñó las herramientas capaces de reconstruir redes sinápticas y devolver funciones cognitivas con los Arquitectos Sinápticos. Bueno, los resultados todavía no son concluyentes y todo sigue en fase de experimentación, pero sé que junto a Fénix esto será posible, pero entonces, ¿por qué no soy capaz de darle a Aceptar?
Unos golpes en el interior del laboratorio hacen que salte de la silla. Mis ojos van y vienen mirando por todos los rincones en busca de la procedencia del sonido. El vello de la nuca me cosquillea y me alerta. El sonido vuelve a marcar un compás rítmico y lo consigo localizar. Alguien está detrás de la puerta del laboratorio y la aporrea. Mientras me voy levantando de la silla todo pasa a cámara lenta. Camino hacia la puerta, pasando al lado del núcleo central. Apoyo la mano en el armazón para sentir algo físico, algo que me baje de nuevo al mundo real y afronte la situación.
No esperaba que se dieran cuenta de lo que hice ayer. Si son ellos, todo habrá terminado, pero esa posibilidad también entraba en la ecuación. Ahora, no me queda otra opción que abrirla y aceptar que hasta aquí he podido llegar.
No hago esperar más a mi juicio y tiro de la puerta hacia mí. Una luz cegadora no me deja ver con claridad, solo puede vislumbrarse una figura rodeada de luz. Doy un paso al exterior y cuando mis ojos se acostumbran a la claridad del día, no puedo evitar posponer mi juicio al ver el rostro perfilado, la barba clara de tres días, el pelo corto, rubio y unos ojos profundos, penetrantes y de un azul cielo. Esa mirada es capaz de hipnotizarme y hacer conmigo lo que desee.
—¿Qué hacías ahí dentro? —dice Emilio—te he llamado un par de veces.
—Perdona, estoy trabajando en mi laboratorio y estaba tan concentrado que no te he escuchado. Disculpa.
—¿Cómo? ¿Has dicho que tienes un laboratorio aquí en el garaje?
Nada más terminar la frase, Emilio empieza a caminar y cruza el umbral de la puerta, adentrándose al interior del garaje.
—¡Hostia! Pero ¡qué pasada! —exclama mirando para todos lados— me recuerda muchísimo a las películas antiguas de ciencia ficción que veía con mi abuelo.
—¿Eso pretende ser un halago o un insulto?
—¿Por qué iba a querer insultarte, Mateo? Nunca haría eso…
Se le cambia la expresión de la cara. Es tan expresivo que sé perfectamente que no ha querido hacerlo con mala intención.
—A ver, estás insinuando que mi laboratorio está anticuado—continúo con el tema.
—Es la gracia de esas películas, antiguamente no tenían efectos especiales ni realidad virtual, pero te doy la razón en que está anticuado para la época en la que estamos.
Ver a Emilio plantado en medio del laboratorio, observándolo todo con esa intensidad me llena de energía. La que no obtuve en la cocina cuando lo busqué en el gallinero.
—Por cierto, Emilio, ¿qué querías?
—Ah sí, es verdad—dice volviendo en sí del asombro—esta mañana no he podido ir a echarle de comer a las gallinas. Así que he cerrado antes el taller. Al llegar aquí, he ido a darles de comer y he visto que han puesto un montón de huevos. Como he visto que tenías el coche aquí, he deducido que estabas en casa, así que he cogido unos cuantos huevos recién puestos y te los traía.
Se pasa la mano por la nuca mientras me explica por qué ha venido a buscarme. Aparta la vista y así evita fijarse en mí. ¿Le ocurre algo?
—Muchas gracias por el detalle—le contesto—viendo la hora que es y que ya se nos ha echado el mediodía encima. ¿Qué te parece si preparo unas patatas fritas con huevos revueltos y virutas de jamón ibérico?
—¡Me encanta! Pero no quiero molestarte, estás muy ocupado trabajando aquí en el laboratorio. Será mejor que me vaya.
—No, no—contesto cogiéndole del brazo para pararlo—de verdad, que no me molestas.
Su brazo en contacto con mi mano me electrifica. Solo ese roce altera mi química y siento una presión bajo el pantalón.
—Además, tengo hambre y esos huevos me vienen muy bien para la dieta—insisto—quédate y hago algo de comer, aunque no sea muy laborioso.
—Venga, vale. Así me cuentas más sobre en qué estás trabajando aquí.
—Eso sería bastante aburrido para ti, cuando explico cosas de ciencia puedo perder la noción del tiempo.
—Por mí no te preocupes, claro que me interesa lo que haces aquí.
—No sabes dónde te estás metiendo si pretendes que te explique en qué estoy trabajando. Dame un minuto que tengo que hacer una cosa antes de salir.
—Claro, te espero aquí. Así te veo en acción. Nunca he visto a un científico en bata haciendo… lo que hagáis…
Me dirijo al ordenador de la mesa de estudio dándole la espalda. Conforme me voy acercando me invade una imagen que ya había olvidado con la llegada de Emilio. El mensaje emergente en la pantalla aún seguía ahí y la duda volvía a mí. ¿Qué hago?
—¿Te encuentras bien, Mateo?
La voz de Emilio me saca del bucle.
—Sí, ¿por qué lo dices? —pregunto, arqueando mis cejas pobladas.
—Es que… me ha dado la sensación…que…a ver cómo lo digo. Al quedarte ahí parado delante del ordenador has palidecido de golpe y me ha dado la impresión de que lo estás pasando mal por algo. A ver, que seguro que me he montado una trilogía y no es nada.
Sus palabras me hielan. Me golpean tan fuerte en lo más profundo de mi ser, que bajo la vista hacia el mensaje que espera. Acerco la mano a la pantalla y con un movimiento lateral corto y seco desplazo la duda. La decisión por ahora es clara. Aunque no sea correspondido, Emilio está aquí conmigo y no puedo estar cocinando y pasando el rato con él si tengo en mente que Fénix y TRH08 se han activado. Eso debe esperar. Ahora toca estar con él y no lo puedo preocupar con mis problemas.
—Tranquilo, no me pasa nada—miento—pero, no estaría mal una trilogía y un bol enorme de palomitas dulces.
—¡¿Dulces?! Vaya, no te veía de ese tipo de persona…
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto extrañado—¿acaso soy raro?
—Jajaja—ríe el condenado—, qué vas a ser raro… bueno sí, pero eso es lo que me gusta.
Apago el ordenador de estudio. Camino sin pausa hacia el cuadro eléctrico que está en la otra punta del laboratorio y bajo los diferenciales. Me giro hacia el Núcleo Central donde está Fénix. Sus luces se apagan. Aún no hay consciencia, todavía no.
Camino en dirección a la salida y al mirar hacia Emilio descubro que nuestros ojos chocan y paro de caminar. El cielo ha abierto sus puertas y me engulle. Me pierdo en su interior y no consigo salir de ahí. El cielo aún choca con mi mirar.
—¿Mateo? —pregunta Emilio—te has quedado embobado mirándome.
Consigo bajar la vista y me centro en las imperfecciones del suelo.
Esto no puede estar así, debo lijar y alisar este suelo. ¿Qué pensaría Emilio si viera el suelo así?
Un instante, un fogonazo en el córtex me recuerda que Emilio me estaba mirando y debe estar esperando a que me mueva. ¿Qué estará pensando de mí en estos momentos?
Levanto la mirada hacia él y me lo encuentro aún con sus ojos azules fijos en mí.
—Sí, sí… estaba pensando si ya había apagado todo y no me dejaba nada pendiente—miento otra vez—que este año el precio del kilovatio está muy elevado.
—Pero… si tienes placas solares. Te ayudé a montarlas cuando llegué a la ciudad con Abril.
—Es cierto, no me acordaba de Abril—le corto como escapatoria—vamos que se nos hará tarde y así, me cuentas, que hace tiempo que no sé nada de ella.
Salgo del laboratorio y Emilio va detrás de mí. Él cierra la puerta y da un par de zancadas para alcanzarme. Entramos por la puerta lateral de la casa, que da a una amplia cocina con ventanales que dejan pasar la luz del día. Además, desde aquí se puede observar a lo lejos el gallinero y ver quién está allí.
Emilio deja los huevos frescos en la isla central y se acerca a la nevera. Su mano agarra el tirador y no puedo evitar ver cómo sus dedos fuertes presionan el tirador alargado de la nevera. Desvío la atención para cortar la imagen, pero la fijo hacia los huevos de la encimera. Esto no me está ayudando, lo está empeorando.
—Te cojo una cerveza de la nevera—dice Emilio—. No te importa, ¿verdad?
—Coge lo que quieras. Siempre me lo preguntas.
—Siempre me lo preguntas…—dice imitándome con media sonrisa—sí, doctor Simpático…
—Jajaja, que estúpido eres. Siempre consigues hacerme reír.
—Pues no te lo estaba diciendo para hacerte reír, que lo sepas…
Lo miro y él a mí. Nos quedamos así unos segundos sin movernos. Si tuviera la fuerza y el coraje de decirle lo que siento, aun sabiendo que es mi vecino y que me desestabiliza por dentro, tendría que admitir también que no puedo evitar mirarlo de otro modo. Además, tampoco debería obviar la parte más importante, él es heterosexual y aún está dolido por Abril.
Emilio está apoyado en el sofá más cercano a la isla central. Tiene la cerveza en la mano. La otra mano cae sobre su pierna derecha. Más bien, la tiene apoyada demasiado cerca de la entrepierna.
Mientras corto las patatas y el aceite se está calentando en la sartén, me acerco al mueble del salón. Saco un vinilo de su funda, lo coloco en el plato giratorio y bajo la aguja con sumo cuidado sobre el vinilo. Activo el viejo tocadiscos de mi familia y el salón se inunda de notas musicales.
—Hacía años que no veía un tocadiscos funcionando—declara Emilio—¿te gusta la música clásica?
—No te había preguntado si te importaba que pusiera música.
—Por mí no te preocupes. Es más, me sorprendes cada vez más—dice, elevando las cejas
—Espero que para bien.
Sonríe mientras me mira. No contesta, pero sigue mirándome sin apartar la mirada.
—Siempre es para bien—dice finalmente.
Esa frase me da vueltas. Mis ojos van y vienen con movimientos cortos.
—Esta melodía me gusta mucho—continúa Emilio—tiene algo, no sé qué es. Las notas, el ritmo… te envuelven y te transportan. Es un cosquilleo en la nuca…
—¿Nunca la habías escuchado?
—No, nunca—responde—pero me alegro de hacerlo ahora. Esta melodía acaba de ser mi preferida.
—¿Has visto? Cada día uno puede aprender algo nuevo.
—O enseñar…algo nuevo—contesta Emilio guiñándome un ojo.
Mientras conversamos, preparo los platos con las patatas fritas, huevos revueltos y, además, virutas de jamón ibérico por encima. Lo condimento con una pizca de sal, pimentón dulce ahumado y pimienta negra.
Levanto los platos de la encimera y los llevo a la mesa central del salón. Emilio se incorpora del sofá, deja la cerveza en la mesa y va a la encimera para coger los cubiertos y vasos que me había dejado preparados.
—No hace falta, Emilio, ahora los iba a traer.
—Tranquilo, no me importa—contesta con un tono de voz dulce.
Conforme él se acerca a la mesa central, nos cruzamos y nos miramos. Me detengo y mi mirada sigue a Emilio de espaldas, colocando los vasos y cubiertos.
Abro la vinoteca y reviso qué vinos tengo. Sé que en varias ocasiones Emilio le comentó a Abril que el vino que le gusta es el Montsant. Así que cojo una botella. La descorcho y vierto el líquido en el interior de un decantador acristalado. La luz del día en contacto con el líquido le da un color vivo, un rojo intenso. Dejo respirar el vino mientras busco un par de copas.
Dejo encima de la mesa el decantador y las copas. Emilio mira el set y me observa con detenimiento.
—¿Vino? ¿Qué celebramos? —pregunta Emilio, extrañado.
—¿Hay que celebrar algo para abrir una botella de vino?
Emilio fija su atención en mí y abre los labios para decir algo, pero no sale ninguna palabra. Coge el decantador y vierte una pequeña cantidad de vino en cada copa. Las observa detenidamente. Suelta el decantador y sin dejar de prestar atención levanta su copa y observa el movimiento del líquido. Se lo acerca e introduce la nariz en el interior de la copa. Un respingo en su rostro me avisa mientras busca la nota y dulzura.
—Huele a barrica de madera con notas florales—describe Emilio—Mmm, ahí está… rosas húmedas.
Abro los ojos mientras Emilio describe el cuerpo del vino.
—Eres todo un sumiller, Emilio.
—¡Qué va!, es simplemente que los vinos me apasionan y este me ha despertado la curiosidad. ¿Es un Montsant?
—Joder… es abrumador cómo, solo mirándolo y oliéndolo, puedes sacar todo eso.
Me acerco la copa a la nariz y huelo, pero lo único que asocio es olor a alcohol y ahora que lo dice, podría decir que algún toque floral, pero no como para detectar que son rosas, y aún menos húmedas.
—Jajaja—ríe a carcajadas—, me encanta verte con esa cara. Qué voy a saber de vinos. Cuando te he visto con la botella en la mano, he buscado en internet de qué tipo de vino se trataba para impresionarte.
—¡¡Pero serás desgraciado!!
—Jajaja—sigue riendo y llorando a la vez.
—Para qué te haré caso… que sepas que esta me la guardo.
—Vale, vale. Perdona, no quería reírme de ti… no seas rencoroso—dice con voz entrecortada.
—Pero es que aún sigues riéndote…—contesto bajando la mirada y sintiendo ardor en las mejillas.
—Jajaja… per… ¡perdón! —intenta disculparse
Emilio une sus palmas haciendo una plegaria y disculpándose por haberse reído de mí. Lo que no le cuento, es que este momento es lo mejor que me ha pasado en lo que llevamos de año.
—Venga adulador de pacotilla. Vamos a comer que esto ya estará frío.
—¡A sus órdenes mi doctor!
Voy recogiendo la mesa y colocando los platos, copas y cubertería sucia en el lavavajillas. Emilio se levanta de la silla y se acerca a mí.
—¿Necesitas que te ayude?
—No, tranquilo, Emilio—le contesto.
—Entonces será mejor que me vaya. He de ir a la ciudad a llevarle unos papeles a Abril.
—Hostia, es verdad. Ni te he preguntado cómo estás por lo de ella…
—Nah, ni te molestes. Ya lo hablaremos en otro momento. Son cosas aburridas entre ella y yo. Además, tú también me debes una explicación de qué estás haciendo en el laboratorio. Dijiste que me lo explicarías.
Sonrío. Emilio hace lo mismo. Su mano se acerca a mí. La apoya en mi hombro mientras me mira.
—Pues no lo dejemos aquí—dice con los ojos fijos en mí—¿qué te parece si vamos a cenar este viernes al restaurante Oliva?
—¿El viernes? Pero hoy es martes…
—¿Demasiado pronto? —pregunta.
—No, por mí está bien—le respondo.
—¡Perfecto! —dice animado—Nos vemos el viernes, Mateo.
—Pero…para el viernes… quedan tres días—pregunto con urgencia—no vendrás…
—Ah claro—me corta antes de terminar—no te preocupes, vendré cada día para echarles de comer a las gallinas. Aunque, deberías darles tú de comer, que estoy seguro de que ni deben conocerte.
Su mano se mueve. Sus dedos atrapan mi lóbulo de la oreja junto a una presión. Mis ojos parpadean inconscientemente rápido. La presión desaparece y Emilio se acerca a la puerta principal. Abre, mientras estoy petrificado mirando su espalda ancha. Se gira hacia mí.
—Pues mañana nos vemos entonces, Mateo…
Pasa el marco de la puerta y cierra, sin esperar a que yo pueda siquiera responder o suplicar que no lo haga.
Tras cerrar la puerta, toda la vida de la casa se va con él. Ya no hay luz que ilumine el salón. La cocina no respira. Mi cuerpo tampoco.
Con un nudo en la garganta, apago las luces y salgo por la puerta lateral de la cocina. Me dirijo hacia el laboratorio. Me dirijo hacia la duda incesante. Hacia el por qué estoy aquí y el por qué hice lo que quizá no debiera haber hecho.
Pero ya es tarde para olvidar el hecho de que robé el Arquitecto Sináptico de mi proyecto en el INNA.
Doy vida a las máquinas desde el cuadro eléctrico. Comienzan las luces intermitentes. Los zumbidos constantes que llenan el espacio. El crepitar de las torres de refrigeración.
Mis pasos indecisos van hacia el ordenador de estudio. Delante, pulso el botón de encendido. Sonidos de descarga eléctrica, el giro de los ventiladores me recuerda a la ventana emergente con la decisión que he de tomar.
El sistema detecta que todavía la BXTRH está conectada y automáticamente activa el proceso de sincronización con el núcleo central Fénix.
«Un dispositivo BXTRH quiere acoplarse a su unidad central FÉNIX. Aceptar/Denegar»
Esta vez no está Emilio para salvarme. Esta vez he de ser yo quien decida el camino correcto. El puntero del ratón se mueve por la pantalla principal. Va hacia el mensaje emergente que espera una respuesta.
Y pulso.
«Acoplando Arquitecto Sináptico TRH08 a la unidad central FÉNIX»
La barra de proceso es lenta. Hay mucha estructura e información en la BXTRH. Este proceso puede tardar horas.
Camino por el laboratorio, sin rumbo, sin objetivo, simplemente esperando. Me acerco a la zona del laboratorio donde tengo la camilla y los escáneres de encefalograma y me tumbo mirando al techo.
El zumbido de las máquinas va hipnotizándome, nublándome la vista y sin previo aviso, la mente se abre, se expande por el laboratorio y con ella caigo en mi duermevela.