Me levanto como cada mañana, siempre unos minutos antes de que suene el despertador. Esos minutos de más son gloria para la mente, porque te permiten comprobar que eres capaz de anticiparte a tus obligaciones. Me despejo. Miro por la ventana cómo empieza la vida a brillar, el movimiento de pájaros que comienzan a volar y a cantar, dando esencia al paisaje. No me puedo permitir estar mucho rato así, he de comenzar el día.
Mi rutina comienza con esa mirada matutina en el espejo del baño. Me gusta observarme cómo cambio con el tiempo y el esfuerzo. Mientras el agua cae y el vaho llena el baño, algo en este ritual me inspira para afrontar los retos.
Hoy siento el impulso de cambiar mi vestimenta, llevaré algo con más color, aunque acabe sepultado por una bata insulsa, decido que la prenda será un jersey de lana de color rojo fuego.
Doy un vistazo rápido a la habitación. La cama la he dejado hecha. En la mesita de noche, el libro de una historia de amor o una 'imperial romance' como las llaman ahora. Ya estoy mayor para estas jergas.
Entonces ahí está, asomando por debajo de la mesita de noche. Se me debió caer justo al dejarlo como cada noche encima de la mesita. El colgante con la pequeña pluma de oro, un regalo que mi madre me hizo pocos años antes de morir. Lo recojo del suelo y la observo con atención. La pluma siempre me ha gustado. Me reconforta verla: es lo más cercano que me queda de ella.
Una vibración en la pierna me sobresalta, me dejé una última alarma para asegurarme de que no olvidara dar de comer a las gallinas, pero ya es tarde y he de ir al laboratorio. Quizá por la tarde les echaré algo de comer.
Bajo las escaleras de dos en dos. He de preparar el café para el viaje hasta la ciudad. Últimamente no me siento yo mismo sin una ración de cafeína por la mañana. ¿Por qué iba a negármelo? Al dejar la cafetera en el fuego, un sonido muy familiar se cuela por la ventana. Siento una leve tirantez en el labio: una sonrisa que aparece sin que yo la convoque. Me acerco a la ventana para ver que está haciendo ahora.
A lo lejos está el gallinero. Es inevitable verlo, con ellas. Emilio está como cada mañana dándoles de comer y hablando con ellas. Nunca entenderé por qué les habla como si le entendieran, pero lo intenta y eso me gusta de él.
Salgo por la puerta lateral de la cocina para ir hasta el gallinero. Mientras voy acercándome, Emilio se pone en pie. Su envergadura, su altura, sus ojos... todo en él es como caminar hacia un abismo, sabiendo que si te acercas demasiado vas a caer, pero no puedes evitarlo, caminas y caminas, pero no puedes parar y al final del camino está él, rodeado de gallinas que picotean sus zapatos.
Al llegar a su lado, está mirando con cariño a una pobre desgraciada que se ha hecho daño en un ala. Sus ojos se posan en mí y sonríe.
—Buenos días, Mateo—me dice con voz profunda—esperaba que hoy sí estuvieras aquí dándoles de comer a las gallinas.
—Lo he intentado, pero se me ha echado el tiempo encima. He de ir a trabajar.
Emilio va caminando en círculos, con sumo cuidado de no dañar a ningún animal, mientras les echa de comer.
—¡Mierda! Me he dejado el café en el fuego...
Voy hacia la cocina lo más rápido que puedo antes de que pueda pasar algo. Antes de entrar, me giro para mirar a Emilio una última vez.
—¡Emilio! Acabo de hacer café, si quieres tomar un poco estás a tiempo.
—¡Pues no te voy a decir que no!
Mientras se acerca por el camino que lleva a la cocina, entro para preparar las tazas de café y unas galletas con un toque de canela. Son de importación.
Justo detrás de mí, una presencia, una sombra que ocupa parte de la cocina levanta la tapa de las galletas con sumo cuidado. Revisa una a una la estructura y forma de ellas, hasta que da con una perfecta. Una mano grande y fuerte coge la galleta y se la lleva a la boca.
—¿Tú no coges, Mateo? Ahora me dirás que estás a dieta de carbohidratos por el gimnasio.
—¿Qué? No, no. No estoy a dieta—le contesto—estaba esperando que cogieras.
Me mira como si estuviera intentando descifrar algo.
—Por cierto, cuando hacía café te escuché con las gallinas. ¿Hoy no trabajas?
—Sí, claro—dice arqueando las cejas—tenía intención de abrir la carpintería después de darles de comer a las gallinas, pero ¿tú no deberías estar ya de camino al laboratorio?
Giro la cabeza hacia el reloj de la pared de la cocina. Boquiabierto y con los ojos fijos en el reloj, cojo mi chaqueta negra, la tarjeta de acceso, mi cartera y las llaves del coche.
—Lo siento, lo siento—digo. Me disculpo, en realidad, por lo que estoy a punto de hacer—me tengo que ir. Te dejo aquí con el café. Si no te importa, ¿puedes dejarme las tazas en el fregadero y las galletas en el armario?
Justo al terminar la frase, ya estaba cerrando la puerta de la cocina y dirigiéndome al coche. Como me encuentre algún accidente en el trayecto a la ciudad llegaré tarde al trabajo. ¿Cómo ha podido pasar?
Al llegar al laboratorio, me encuentro con mis subordinados entrando al ascensor que lleva a la planta inferior donde investigamos la forma de reparar el daño cerebral de personas en estado vegetativo persistente. Mientras me acerco al ascensor les hago señas para que esperen y aguanten las puertas, pero no deben haberme visto, pues se cierran a poco más de un par de metros de mí.
Observo cómo se cierran las puertas y el número de planta desciende en la pantalla. Espero, con los ojos fijos en ese dígito rojo y brillante. Hasta que los ojos comienzan a escocer de sequedad. Parpadeo para humedecerlos.
Llego a mi mesa. Enciendo el ordenador y me fijo en que la planta del escritorio lleva días sin agua. Quizá más tarde le eche un poco de agua.
Allí, junto a la planta, una carta certificada del Instituto Nacional de Neurociencia Aplicada. Dirigida al Dr. Mateo Saavedra.
—Dr. Saavedra, el director ha estado aquí y ha preguntado por usted. Como no estaba, se ha marchado sin decir nada—me dice un subordinado sacándome de mis pensamientos.
—Gracias, David.
Mis subordinados, David incluido, se reúnen en torno a una mesa para comentar entre ellos qué han hecho este fin de semana.
Entre risas y carcajadas se empujan, insultan y abrazan, diciéndose entre ellos que David es un fantasma. Al acercarme al grupo, callan y fingen no estar hablando. No importa, sé que no es fácil mantener lazos con un superior. Es mejor así.
—Recordad que hoy tenemos ensayo clínico—les digo, mirándolos uno a uno—. Se ha de activar TRH08 para la prueba de reestructuración de Bibiana. Si conseguimos dar con la zona concreta que debe reparar, estaremos a un paso de ser pioneros en Arquitectos Sinápticos. No debemos fallar hoy.
Vuelvo a mi escritorio mirando la carta. ¿Por qué la junta directiva del INNA me la habrá enviado?
Justo detrás de mí aparece Christian, subdirector del proyecto. Arquea las cejas al ver la notificación. Cambia el foco y se fija en mí. Tiene una mirada seria. La carta empieza a temblar en mi mano. No me hace falta abrirla.
—Mateo, ven conmigo.
Camino tras el subdirector. No hablamos. No se gira para mirarme. Ando por encima de un puente con los tablones carcomidos. Pisando con sumo cuidado porque en cualquier momento caeré.
Christian se detiene, introduce una moneda de un euro en la máquina del café. Revisa las distintas opciones. No sé por qué siempre hace lo mismo, si acaba seleccionando el café solo con extra de azúcar.
Y como era de esperar, es lo que hace.
—Verás, Mateo—comienza diciendo Christian—ha venido el director. Supongo que ya te habrás enterado. Nos ha entregado esa misma carta a todos los responsables dentro del proyecto de los Arquitectos Sinápticos. Me sorprende que aún no la hayas abierto.
—Si te soy sincero, hoy tengo la mente en otro lugar.
—¡JAJAJA! —ríe—Mateo, llevas ya un tiempo ensimismado. Como decía mi padre en sus mejores momentos, estás "apollardado".
Se le cambia la cara a Christian. Una mirada picarona. Media sonrisa. Apoya su mano en mi hombro, aproximándose a mí. Acerca su otra mano a mi oído como queriendo explicar un secreto que no debe pasar de ahí.
—¿No será que te has sacado novia?
Me aparto al instante de él.
—¡No! —le respondo—¿de dónde sacas semejante disparate?
—Eh, tranquilo chaval. Solo era una broma. No te pongas tan a la defensiva.
Christian agacha la cabeza. Saca el café de la máquina. Comienza a removerlo y entonces siento el peso de su mirada.
—Lo siento, Mateo, para mí también es duro. Será mejor que abras la carta y mientras lo haces, me pasaré por el departamento para hablar con el personal de planta.
Escucho como sus pasos se alejan poco a poco.
No consigo levantar la mano. El peso de la carta, con todo lo que intuyo dentro, es tal que mi mente no procesa la orden de abrir el sobre.
Lleno los pulmones. Los mantengo en tensión, conteniendo el aire, antes de arrancar la solapa y extraer la hoja del interior.
No consigo mantener las letras quietas. Bailan en un fondo blanco. Sin coreografía, pero allí está lo que jamás me habría esperado. Retiran la subvención del Estado. Nuestro proyecto. Los Arquitectos Sinápticos. Todo se va al traste porque han decidido que la subvención se destina a Defensa.
Paso a paso y con la ayuda de la pared, llego a la puerta del departamento. Mis subordinados no están y sus objetos personales han desaparecido.
Una conversación lejana llega del fondo del pasillo. Intento centrarme para buscar su procedencia. Entonces los escucho. La voz del director hablando con Christian.
Las manos dejan de temblar. La carta cae al suelo. No me importa. Las piernas cobran vida y me llevan a toda prisa hacia esa conversación. Una vez allí, el director y Christian se giran hacia mí. Repasan mi cuerpo. Mi ira.
—Dr. Saavedra—dice el director—por su comportamiento, entiendo que ya ha leído el comunicado de la junta.
—¿Me puede explicar cómo ha pasado esto? —contesto apretando los dientes.
—No se preocupe, Dr. Saavedra. Se os asignarán otros proyectos. Ahora mismo su personal está en la quinta planta. ¿Por qué no va con ellos? Hagan el traslado y después me pasaré para hablar con ustedes.
—¿Y todos los avances? —pregunto sin prestarle atención—¿Y todas las familias que están esperando a que demos con la forma de reestructurar, reparar el daño cerebral de las personas voluntarias que están dentro del proyecto?
—Mateo, esa decisión viene de arriba. Nos han cortado la subvención. Lo sabes. No podemos hacer más—escupe Christian.
—¡A mí no me vale! ¡Todos estos años!... los avances... los daños... Os importan una mierda. Nunca os ha importado encontrar la forma de reparar el daño cerebral.
—Le aconsejo, Dr. Saavedra, que cuide sus modales—dice el director—como usted mismo ha dicho, doctor, todos estos años de... financiación, mucha financiación, para unos resultados... limitados. Se depositó demasiada esperanza en usted y su proyecto. Durante la semana se le asignará otro departamento. Vaya olvidándose de los Arquitectos Sinápticos. ¿Le queda claro?
—Sí, director...
El silencio lo ocupa todo.
Salgo del despacho y me dirijo directo a mi mesa. Allí comienzo a recoger mis cosas. Al abrir el cajón aparece la carpeta del proyecto. De mi proyecto.
Saco todo el contenido y lo dejo encima de la mesa. Levanto la mirada hacia las mesas de mis subordinados. Al repasarlas, todas están recogidas, ninguna tiene objetos personales, pero entonces mis ojos se detienen en un punto fijo. Allí, al fondo de la estantería veo una caja BXTRH. Se me eriza la piel solo de pensarlo, pero sin saber cómo, ya estoy justo delante de la caja contenedora. La levanto con ambas manos. Observo sus líneas, sus huecos. Absorto en cada detalle, las manos se mueven por inercia conectando la BXTRH al ordenador central. En la pantalla aparece un mensaje de advertencia:
<<Proyecto Arquitectos Sinápticos. Nivel de seguridad 5. ¿Está seguro de copiar "Arquitecto Sináptico TRH08"?>>
Acerco la mano lentamente y a escasos centímetros del panel la detengo.
—No puedo hacerlo... —susurro—si pulso que no el proyecto morirá aquí, pero si es al contrario... No habrá vuelta atrás.
Observo el mensaje que indica que presione Sí o No. La mano tiembla conforme se acerca al botón. Intento tragar saliva, pero ya no me queda. En ese momento, se escucha el sonido al pulsar el botón.
<<Tiempo estimado para completar el proceso de copiado: 00:04:00 minutos>>
—¿Cuatro minutos, en serio? Es demasiado tiempo, joder...
Mientras se hace la copia, voy revisando la puerta y escuchando si se acerca alguien. Si fuera descubierto no tendría explicación lógica para salir indemne, pero, aun así, no me detengo.
Enciendo el ordenador de mi escritorio. Introduzco mi usuario y contraseña. En la interfaz del laboratorio entro rápido al apartado de solicitudes de ausencias.
—Vamos, vamos... ¿cómo era para solicitar las vacaciones? —me digo a mí mismo—aquí, marco las cinco semanas... y pulso solicitar.
No se sorprenderán de que haya cogido vacaciones después de la noticia de hoy.
—Veamos cómo va TRH08.
<<Tiempo estimado para completar el proceso de copiado: 00:01:42 minutos>>
Mientras recojo las carpetas y objetos personales, los ventiladores del ordenador central se han adueñado del silencio, amortiguando unos pasos que se aproximan por el pasillo. Miro hacia la puerta, no puede ser, no pueden verme justo ahora. Me acerco agazapado a la puerta, pegándome a la pared. Los pasos se detienen, una sombra se filtra por debajo. El pomo chirría mientras gira. La puerta se mueve hacia el interior. La sombra se adentra y contengo la respiración.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —dice una voz desconocida—¿por qué siempre hacen lo mismo y se dejan las luces encendidas?
Una mano palpa la pared buscando. Encuentra el interruptor, un sonido seco y se apaga la luz del laboratorio.
Los ventiladores del ordenador central se paran. Como si el apagar las luces los hubiera callado. Pasan los segundos y mis pulmones me arañan el interior.
La puerta se cierra y los pasos del desconocido se alejan. El pecho me arde. No me atrevo a respirar, pero finalmente suelto el aire.
Sin esperar ni un segundo más, me acerco al ordenador central y el mensaje ha desaparecido. Ha concluido. Ha sido duplicado en la BXTRH. Sin más dilación, guardo todo en mi bolsa de trabajo, me dirijo a la puerta, presto atención a posibles ruidos externos y me marcho hacia el ascensor que hay al final del pasillo.
Espero. Al abrirse las puertas del ascensor aparece ante mí Christian, el subdirector. Un gesto fugaz en su rostro me pone en tensión. Sale del ascensor, me mira fijamente, aguarda mientras me observa y sus ojos bajan hasta mis manos.
—Mateo, ¿dónde vas cargado con esa bolsa?
—Me... acabo... de coger vacaciones. Todo esto...me lo llevo a casa —le respondo, buscando cómo salir de aquí—Con el cambio de departamento, cuanto menos cargue por aquí, más fácil será.
—Tan repentino...
Sus ojos van repasando objetos de la bolsa entreabierta, hasta que se fijan en los míos y nos mantenemos conectados sin apenas parpadear.
—Sí... necesito... desconectar.
Una gota de sudor baja por mi frente y se acomoda en mi ceja.
—Comprensible, después de un día como hoy es lo mejor que puedes hacer, Mateo—me dice, mientras desvía la mirada hacia la bolsa—y todo eso que llevas ahí...intenta no traerte tantos cachivaches personales al laboratorio. Entorpecen.
—Descuida Christian. Será la última vez que los veas—contesto mientras una gota de sudor me cae por la espalda—si me disculpas, hablemos en otro momento.
Sin esperar su contestación, continúo mi camino hacia el interior del ascensor. Pulso el botón del aparcamiento que tenemos en el edificio del laboratorio.
Subo a mi coche, dejo la bolsa en el asiento del copiloto y la observo mientras intento arrancar, pero le cuesta.
—¿Desde cuándo falla este maldito coche?
Al tercer intento arranca. Observo por el retrovisor la puerta del ascensor. Continúa cerrada. Le indico al vehículo el destino. Comienza las maniobras con dirección a casa.
Durante el trayecto, reviso constantemente los espejos para asegurarme de que nadie me sigue del laboratorio.
Al llegar a casa, le indico al coche que se estacione justo delante de la puerta del garaje. Los pies apremian, abro la puerta del copiloto, observo que la caja BXTRH está en el interior. Levanto la mirada, y reviso de izquierda a derecha todo lo que me rodea. No veo movimiento. Nadie se ha enterado de lo que he hecho. Levanto la bolsa y con sumo cuidado me dirijo a la puerta del garaje.
Abro la puerta, la luz de la tarde se cuela en el interior dando vida cálida a mi laboratorio.
Entro, cierro y se escucha crujir el paño de seguridad.